Un viejo auto que recorre Colombia lleno de libros

En enero de 2015, cuando la literata Laura Acero y el apicultor Arco González tuvieron a su hijo, recibieron como regalo, de parte de los padres de ambos, un Renault 4 —un auto que fue producido hasta la primera mitad de la década de 1990—.

“Nosotros no somos como muy amantes de los carros, ni nada de eso, decidimos que lo íbamos a convertir en biblioteca ambulante, como una especie de biblioteca itinerante”, cuenta Acero, en entrevista con RT.

Ese plan inició en marzo de ese mismo año y a su proyecto le pusieron por nombre ‘BibloCarrito R4’. Entonces, tomaron textos universitarios que tenían y los fueron intercambiando por libros “que fueran como más atractivos, más adecuados”, también, para “los niños y las diferentes comunidades”, añade la joven colombiana.

Su rutina consiste en estacionar el vehículo en diferentes partes, entre hora y media hasta cuatro horas, abrir su baúl, prestar momentáneamente los textos —para lecturas autónomas—, también hacer lecturas en voz alta y amenizar con música. Cierran con magia, puesto que González es mago, momento que sirve “para hablar de la magia de los libros”.

“Casi nunca andamos solos, pues vamos nosotros dos, el niño y casi siempre hay invitados, ya sean músicos, escritores o ilustradores”, dice Acero.

“Desidia estatal”

Al principio, comenzaron a salir a las calles de la zona urbana de Bogotá, la capital de Colombia, donde vivían. Pero, a finales de 2015, decidieron mudarse a una zona rural también bogotana, específicamente a la vereda El Verjón —luego lo hicieron al municipio cercano de Choachí—.

“Empezamos a recorrer las veredas bogotanas y la zona rural de Bogotá, que es muy olvidada”, dice Acero, y se encontraron con “la falta de acceso al libro en las comunidades alejadas de las ciudades, los centros urbanos, las bibliotecas, incluso la misma escuela”.

Se instauraron, entonces, los domingos de BibloCarrito R4. Ese día lo tomaron para visitar a las comunidades cercanas, dentro del departamento de Cundinamarca, que cobija a Bogotá.

Luego, empezaron a moverse más lejos, llegando hasta el Chocó, en la costa colombiana del Pacífico; así como a la región conocida como Llanos Orientales. Lugares donde también encontraron muchas falencias.

“Hemos llegado a lugares donde los niños no saben lo que es una biblioteca, donde hay niños de 12 años que están cursando el colegio y, sin embargo, a esa edad todavía no saben leer ni escribir bien […] Mucho menos te vas a encontrar con librerías en ninguno de estos lugares, es muy triste y todo el tiempo está mostrando como este país es tan centralista”, explica la entrevistada.

Con estos viajes, han podido mostrar —dice— que “si un Renault 4 viejo, destartalado, puede llegar a los lugares como más alejados y puede llegar con los libros, entonces lo que hay es una desidia estatal, de alguna manera, frente a la cultura y al acceso a la lectura”.

En estos viajes, también, agrega González, se han encontrado con otros “proyectos similares, que tienen la misma idea de rodar, que son itinerantes”. “Eso nos da cierta felicidad de que se están como replicando las ideas, están surgiendo estos movimientos en muchas partes”, añade.

La colección

La colección de Acero y González alcanza los 1.400 libros, pero, en cada salida llevan en el BibloCarrito unos 150 libros, que rotan de acuerdo con el sitio al que visitan.

“Dependiendo del lugar al que vayamos seleccionamos unos libros que sentimos que pueden ayudar en ese contexto, que pueden ser como los adecuados, no llegamos nunca a la deriva”, menciona Acero.

Cuenta que los libros que más movilizan están relacionados a “contenidos locales, comunitarios, producciones nacionales, autores regionales”. “Es para poner a circular como lo que se produce dentro del mismo país, por distintos lugares en los que no tienen acceso a ellos”, detalla.

Reciben donaciones. Mucha gente les llama para ofrecerles textos, que luego recogen donde les indican. González precisa que para el BibloCarrito son útiles los libros infantiles, libro álbum, cuentos, poesías, fanzines; no reciben enciclopedias, diccionarios ni biblias.

“Nosotros pensamos siempre como en materiales de lectura que tú te puedas leer en una sentada, en 15, 20 minutos o en media hora”, especifica Acero.

En algunos casos, además de los libros que embarcan en el auto para compartir en el momento y hacer las actividades previstas, también llevan textos para donar a otros proyectos, como bibliotecas comunitarias, por ejemplo. Ahí va a parar el material de lectura más largo.

El préstamo de los libros solo lo hacen a los vecinos de la vereda donde viven. “No hacemos préstamo externo para gente que no conocemos, porque, pues, estamos andando por todos lados”, enfatiza Acero.

“Intercambio de conocimientos”

González comenta que algo bonito que han visto de esta experiencia es que “las distancias empiezan a cambiar”.

“Uno puede recorrer distancias muy cortas y encontrarse con lugares que parecen demasiado lejanos, que parecen otros países; y lo mismo, también, uno va a lugares muy lejanos y se encuentra con las mismas realidades que están aquí cerquita. Eso para mí ha sido como un descubrimiento”, menciona.

Además, añade que el hecho de que el carrito viaje entre el campo y las ciudades “ha hecho que haya un cierto intercambio de conocimientos y de culturas”.

Eso lo han evidenciado con los talleres y ejercicios que también ofrecen en su estadía momentánea en cada lugar, que están centrados en memoria, identidad y territorio.

“Lo que hacemos con los niños suelen ser talleres, por ejemplo, de dibujar su hogar, de que manden una postal desde un lugar de Colombia hasta otro, de dar a conocer cómo viven, los ponemos a hacer mapas, a hacer libros artesanales, a que hagan también sus propias obras de teatro”, detalla Acero y explica que una parte del material le queda a los pequeños y otra se va con ellos y viaja a otros lugares del país.

El BibloCarrito en la pandemia

Durante la pandemia, debido a las medidas de restricciones, no han podido hacer las actividades habituales de calle. Para mantener activo el proyecto, han publicado algunos videos y ha surgido la idea de hacer “podcasts” para enviar, vía WhatsApp, “a los campesinos que no se meten a Facebook ni tienen WiFi”, comenta la entrevistada.

Cuando se relajaron algunas medidas de movilidad, salieron a recoger residuos orgánicos para alimentar el huerto que tienen en su entorno rural. En esta oportunidad sí tomaron en cuenta el préstamo, principalmente a las personas que les proveen los desechos, puesto que en la recogida pasan semanalmente por las mismas zonas.

 

Fuente: rt.com

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