Un joven regala conversaciones en plena calle de Barcelona

Los gestos altruistas, lamentablemente, están en peligro de extinción. Es por eso que cuando uno se topa con alguno es casi imposible soslayarlo, más si se da en plena calle. Hagan la prueba. Paseen por el Arc de Triomf de Barcelona y observen si hay algo que, por exótico, les llame poderosamente la atención. Si es así, es posible que Adrià Ballester (Barcelona, 1993) tenga algo que ver.

Este joven barcelonés lleva casi tres años acudiendo -o bien el sábado o el domingo- a este emplazamiento de la capital catalana para ofrecer conversaciones gratuitas. Si tienen la suerte de toparse con él, lo identificarán de inmediato: lo hallarán sentado en una silla, frente a otra vacía (o no) y un cartel entre ambas que reza Free Conversations .

Eso es lo que hace en su tiempo libre Adrià, y acumula ya más de mil charlas en su haber. Entre semana, este graduado en Administración y Dirección de Empresas vende, como comercial, cursos de informática, y por las noches estudia a distancia el grado de Comunicación. La Vanguardia se ha sentado en su particular diván para charlar un rato con él.

¿Cuándo empezó su particular aventura?

Fue un día en que la jornada no me fue muy bien, había discutido con alguien en el trabajo, ya ni me acuerdo con quién. Fui a dar una vuelta por la ciudad y sin darme cuenta llegué hasta Collserola.

¡Menudo paseo!

Sí, y allí en la montaña me topé con un señor mayor, era la versión española de Papá Noel, y estuvimos hablando, de nada en concreto, simplemente hablando. Cuando volví a casa me di cuenta de que después de hablar con aquel hombre ya no estaba pensando en el mal día que había pasado. Y desde aquel día me di cuenta de lo importante que es hablar, y tomé la decisión de empezar este proyecto.

Y da consejos o se dedica a escuchar?

A escuchar. No doy consejos, nunca sabes la realidad de la otra persona, desconoces si un consejo le puede hacer bien o mal. Además, yo personalmente nunca hago caso de los consejos.

¿Hay alguna persona que haya repetido?

Sí, muchas. Hubo una que venía cada dos semanas.

¿En serio?

Sí, como si fuera la consulta del médico. Era una mujer, de unos 35 años, a quien le gustaba un hombre, pero él no le hacía caso. Lo pasaba fatal. La utilizaba para sus conveniencias.

Entiendo.

Vino durante unos tres meses, más o menos una vez cada dos semanas.

Qué curioso.

A veces vienen personas que necesitarían ir a un psicólogo, y se lo digo.

¿Ha hecho alguna amistad?

Sí, con mucha gente. Con uno incluso me fui a cenar. Era un chico que me contó una de las mejores historias con las que me he encontrado.

¿Me la puede explicar?

Era un chico venezolano, contable de profesión. Pero no le gustaba nada su trabajo, y eso que le dedicaba muchas horas al día. Hasta que cayó en una depresión y dejó de ir. Al final lo dejó. A raíz de ahí, empezó a dibujar, y ahora es un tatuador de mucho éxito. Viaja por todo el mundo haciendo tatuajes. Es una buena historia porque conecta con mucha gente.

¿Por qué?

Porque hay muchas personas que trabajan en algo que no les gusta y piensan que no lo pueden cambiar.

¿Y usted anima a que se siente la gente, o deja que lo hagan por iniciativa propia?

Aquí sólo se sienta la gente que quiere. A mi me da igual si lo hacen dos personas como 53. Yo me siento aquí y ofrezco conversaciones gratis, para mi es una forma de activismo.

¿Tiene un límite de tiempo por persona?

No. Lo máximo que he estado con una persona fueron cuatro horas de reloj. Una conversación normal se puede alargar entre 20 y 30 minutos.

¿Y qué dice su familia?

Siempre me han apoyado, tanto mis padres como mi pareja. Puede ser que algún conocido haya pensado, siempre desde el buen sentido, que estoy como una regadera, pero es algo que nunca me ha importado.

¿Hay alguna persona que le ha confesado algo inconfesable?

Sí. Hubo un hombre que me explicó que había contratado a un sicario en Colombia para matar a otra persona. La charla tuvo lugar este verano.

¿Y se lo contó porque se sentía mal?

Para nada. Me lo explicó con toda la tranquilidad. Además me contó cómo funcionaba el sistema allí.

¿El sistema de sicarios?

Sí, me contó que vivía en la zona más conflictiva de un área de allí, y que cada barrio tenía su propia oficina de sicarios, y que si querías matar a alguien, tenías que ir a la oficina de tu barrio.

Fuente: lavanguardia.com

 

 

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