Un alemán montó un paraíso intelectual en una aldea gallega

Recordemos la frase de Bender, el robot de ‘Futurama’, tras ser expulsado de una nave espacial: “¡Voy a montar mi propio parque de atracciones, con casinos y furcias! Es más, ¡paso del parque!”. A Dennis, un académico berlinés que prefiere no dar su apellido para mantener un perfil bajo, le ha pasado algo parecido con la universidad. Hastiado de la institución donde trabaja desde hace 10 años, “una fábrica de graduados”, como él mismo explica a El Confidencial, ha decidido montar su propio parque de atracciones. Pero con libros, arte y en plena naturaleza.

El resultado es The Foundry, sonoro nombre inglés para el español Aldea Ferrería, una de esas aldeas abandonadas del norte de Lugo que habían sido azotadas por los vientos de la despoblación rural y que, tras casi cuatro décadas sin conocer presencia humana, reabrió sus puertas en marzo de 2018 como refugio para intelectuales, artistas y pensadores. ¿Qué le diferencia de una casa rural? Que, en principio, no hay que pagar nada, pero sí estar dispuesto a echar una mano en la rehabilitación de los edificios ytener vocación artística e inquietudes intelectuales.

Ahora mismo hay tres personas aquí. Vamos a tener que reparar techos, arreglar las ventanas… Queda mucho por hacerNada de utopía, una palabra que el germano rechaza —“la gente la utiliza más para pensar en lo que quiere hacer que para hacerlo”—, sino heterotopía. Un término que Foucault utilizó para hablar de “espacios diferentes, otros lugares, impugnaciones míticas y reales del espacio en el que vivimos”. En este caso, Bravos, cerca de Viveiro, apenas a 10 kilómetros del Cantábrico. Una antigua fundición que su propietario adquirió hace un par de años y por la que en un año y medio ya han pasado alrededor de 100 personas.

“Es un lugar fuera del sistema, donde la gente puede reflexionar y vivir pero que está libre de las cargas económicas y la burocracia que suele dominar la universidad”. Así que es como volver a la facultad, pero gratis. O, mejor dicho, sin ánimo de lucro. Hasta ahora, tan solo ha exigido como pago una ayuda a la hora de reacondicionar el conjunto de edificios que se extiende por 26 hectáreas. Por ejemplo, si uno hubiese estado hospedado el día en que el periódico habló con el alemán, quizá le habría tocado reparar algún techo, eso sí, siempre en la medida de las capacidades de cada uno.

“Hay mucho por hacer”, reconoce Dennis por teléfono desde la aldea. “Ahora mismo hay unas tres personas aquí, es el final de la temporada alta. Voy a trabajar un poco con las ventanas, que necesitan algo de aceite, arreglar el techo porque ha llovido mucho y hay goteras… También cuidaré de mi hijo. Tenemos mucho trabajo por delante. Si tuviese que hacer una lista de las cosas que faltan me volvería loco, pero si lo pienso en términos de posibilidad, es otra cosa”.

A cambio de echar una mano en el reacondicionamiento, los visitantes pueden disfrutar de tranquilidad y la compañía de otros intelectuales como ellos. Aunque, eso sí, por ahora es preferible plantearse proyectos a pequeña escala. “Quizás aún no sea el lugar ideal si lo que quieres es escribir un libro o una sinfonía, porque hay mucho que hacer, pero espero que el año que viene mejore”, concede. Por ahora, un relatito corto o una canción intimista. El reto futuro es cuadrar los números para que el proyecto siga siendo viable, lo que quizá pase por cobrar una pequeña cantidad simbólica, inferior a 10 euros.

Para hacerse una idea, uno puede consultar la lista del club de lectura y ver que incluye a George Lakoff, Martin Heidegger o Gerard Genette. O participar en alguno de los eventos que se suelen llevar a cabo en la aldea, como talleres de metáforas; entre las propuestas que figuran en la página web de la aldea se encuentran cursos sobre pensamiento figurado, construcción de encimeras para la cocina (“necesitamos una para la cocina con madera y hormigón. Si alguien tiene experiencia con esos materiales, podemos intentarlo”) o un curso de lectura Tiqqun, sobre el colectivo francés que ha inspirado la heteronomía de Dennis.

El alemán, a quien conocidos comunes me habían descrito como “un anarquista de verdad”, quiere mantener un perfil bajo, pues recuerda que lo importante es el proyecto, no él. Y aclara que ni utopía ni comuna, lo suyo es otra cosa, puesto que el objetivo no es vivir allí sino pasar cortas temporadas para dedicarse a la reflexión. Por ahora, los visitantes se dividen entre un 50% de nacionales y un 50% de extranjeros, algunos del propio entorno de Dennis, que confía en que poco a poco más gente se anime. Especialmente en invierno, cuando la afluencia baja.

Más barato que un castillo

La idea de montar un pequeño paréntesis experimental en el tejido del mundo nació hace casi una década, cuando Dennis estudiaba en la exclusiva European Graduate School de Suiza, donde curiosamente fue compañero de Pablo Iglesias. ¿No piensa invitarlo? “No tengo ni idea, lo tengo en Facebook, le puedo preguntar”, bromea antes de conceder que hace años que no habla con él.

Fue en el centro donde impartieron clases  Lyotard, Baudrillard, Derrida o Žižek donde Dennis comenzó a tomar conciencia de que estas figuras quizás estarían dispuestas a abandonar las clases regladas y la comodidad de la élite educativa para “compartir sus pensamientos en un lugar más simple y barato”. El problema estaba claro: “Siempre he sido pobre”, concede el académico. Sin embargo, en esa misma época realizó una modesta inversión en bitcoins que terminaría proporcionándole, años después, el capital necesario para pagar los 175.000 euros que cuesta la aldea.

Una ganga que habría sido imposible de encontrar en cualquier otro lugar. “En 2012, leí un artículo donde se comparaban los precios de un piso en Nueva York y un castillo en Francia”, recuerda, probablemente refiriéndose a un reportaje de ‘Buzzfeed’. El problema de los castillos, añade, es que dan mucho trabajo: pueden ser baratos, pero el coste de mantenimiento es demasiado elevado. La alternativa se encontraba unos 2.500 kilómetros más allá, en la Galicia despoblada donde los precios de las aldeas están por los suelos. “No habría podido hacerlo ni en Berlín ni en el campo alemán, Galicia es bonita, la gente es amable, me encanta el lugar”. Y no es el único: “Están surgiendo otros proyectos semejantes en el sur”.

El precio es inferior a lo que cuesta cualquier piso en un barrio no especialmente céntrico de Madrid, pero habría que añadir una cantidad semejante si la renovación se lleva a cabo de forma completa por profesionales. La solución pasaba por el propio concepto de Aldea Ferrería: que los inquilinos colaborasen en la puesta a punto a cambio de un hueco allí. “Es interesante que no haya una interacción financiera con el lugar, es agradable crear un espacio juntos, aunque hay cosas que no podemos hacer”, explica. “Si has trabajado mucho tiempo en una universidad, es divertidoaprender a hacer cosas con tus propias manos”.

Así que Dennis y sus colegas se pusieron en marcha en 2017, aún sin luz, electricidad ni agua corriente, cuando el único retrete era un agujero en el suelo, y Aldea Ferrería abrió sus puertas en marzo de 2018. “Espacio sin ánimo de lucro para intelectuales y artistas que buscan crear fuera de los límites institucionales del mercado y la universidad” es como se promociona el experimento.

Desde que abriese sus puertas hace algo más de un año, la aldea ha cambiado poco a poco. Ahora mismo tiene una cocina industrial, seis baños y 11 dormitorios que pueden albergar a unas 40 personas, una pequeña comunidad. Haciendo justicia a su carácter expansivo, el número de huéspedes se multiplica durante el verano, aprovechando el buen tiempo, y decrece en invierno. Sin embargo, no hay que temer por el ‘overbooking’: jamás se ha llenado.

Aldea Ferrería era parte de la cartera de Aldeas Abandonadas, la inmobiliaria especializada en poner en contacto a clientes —cada vez más, especialmente extranjeros— con esos lugares despoblados. “Nosotros los ayudamos en función de lo que quieren hacer, preguntamos si el proyecto es viable, hablamos con ayuntamientos, les asesoramos fiscalmente y les presentamos alternativas que les puedan encajar..”, explica su gerente, Elvira Farfán. En este caso, el proceso duró dos meses desde la primera llamada hasta que Dennis dio con Aldea Ferrería. “La mayoría de aldeas que se están vendiendo ahora son para negocios”, añade Farfán, que se considera un poco ‘personal shopper’ de la repoblación. “Casa con encanto, casa rural, hotelito… Aunque lo de Dennis es único. Están viniendo de otros países con muchas ideas”.

De Franco a Thoreau

La historia de Aldea Ferrería se remonta al menos al siglo XV, época de la que data un decreto real que daba a los vecinos el derecho de trabajar el hierro. Desde el siglo XVII, incluso después de ser destruida en las guerras napoleónicas, fue el hogar de los Cora, una familia de aristócratas cercana a los Franco. Jesús de Cora, uno de los últimos moradores del pueblo, fue compañero de instituto y amigo del dictador.

“Era una familia católica, aún hay tres personas enterradas aquí”, recuerda Dennis. Después del final de la Guerra Civil, sirvió de residencia de Teresa de Cora, que en la posguerra pidió como favor al propio Franco que instalase una partida de la Guardia Civil, “porque tenía miedo de que el maquis las atracasen y las matasen” y vivió allí hasta los años setenta. El alemán desvela que aún hay vestigios fascistas en mitad del paraíso intelectual: una prisión y dos paredones donde fusilaban a los insurrectos. “¡Ahora estamos nosotros aquí, lo que es un poco irónico! Pero también justicia poética”.

En una publicación en el blog de la página de septiembre de este año, Dennis trasladaba a los clientes algunos de los escollos con los que se había encontrado en el último año, y comunicaba que en la próxima temporada comenzarán a cobrar. Por ejemplo,la dificultad para ponerse de acuerdo a la hora de comprar comida: “Había discusiones larguísimas sobre cuántos euros al día teníamos que poner y qué comida debíamos incluir (¿metemos carne y alcohol aunque hay gente que no bebe ni come carne?)”. Otra posibilidad, alquilar el espacio para eventos como retiros de yoga o festivales musicales. “El objetivo es gestionar el lugar de forma más descentralizada sin perder de vista los objetivos iniciales”.

“La universidad cada vez presta más atención a cuestiones de clase y género, pero apenas hay reflexión sobre el hecho de que es un lugar que produce privilegio”, concluye Dennis. “Que los académicos aprendan a trabajar la madera, que no se aíslen en su torre de marfil leyendo libros”. Y anima: si quieres probar suerte, envía un mensaje al formulario de la página web y te contestarán. No hace falta llevar mucho: con un par de manos y alguna que otra idea, puede ser suficiente.

 

Fuente: elconfidencial.com

 

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