Terapias: Esclavitud o salud para las personas con habilidades distintas

Por: Eduardo Frontado

Desde los dos meses de edad, fecha en la cual todavía no debía haber había nacido, porque la fecha de nacimiento estaba prevista para el 20 de diciembre en adelante y nací el 9 de septiembre, comencé con un programa de estimulación preventiva.

Me llevaron a la piscina para que nadara, debía tener todavía el reflejo del útero, debía poder flotar y nadar, cosa que ciertamente ocurrió y así comenzó el largo y tormentoso camino de tres terapias diarias, natación, fisioterapia y terapia ocupacional y dos veces por semana trabajo con la psicóloga, quien supuestamente evaluaba no solo mi desarrollo sino mi parte cognoscitiva. Este plan de trabajo, junto con la rutina regular de actividades escolares, interrumpida de vez en cuando por alguna intervención quirúrgica como del brazo izquierdo, alargamiento de los izquiotibiales, reconstrucción de los pies, entre otras, transcurrieron mis primeros 17 años de vida, momento en el cual termine mis estudios regulares de bachillerato.

La culminación de esta etapa regular y la decisión de estudiar comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello desató un huracán de opiniones, no pedidas, todas ellas cuestionando el arduo camino que se imponía, no existía la universidad adecuada para mis necesidades y lo más importante, para los terceros que opinaban, era como iba a enfrentar yo la incorporación a un grupo de estudiantes tan numeroso. La unidad Educativa donde estudie tenía 13 o 14 alumnos por aula y en la universidad no bajaban de 40 o más.

Esta carrera es muy exigente y contaba con gran popularidad entre el público que ingresa a la universidad, por lo que los filtros para entrar eran importantes, se exigía un promedio alto y el nivel de materias era también de cuidado. Solo que conté con la facilidad que mis cualidades especiales me permitían entrar sin realizar el examen de admisión, el peor de los filtros.

Es así como continúe con mis intenciones, grabándome en la cabeza que debería romper moldes y prepararme para todo tipo de retos, entre los cuales comencé por el más importante, me negué a hacer todo tipo de terapia, argumente que debía dedicarme a mi futuro profesional y social, lo que represento un batalla, sin cuartel en mi casa, donde mi madre me repetía, te arrepentirás, estas sacrificando calidad de vida, sin embargo, yo pensaba que al contrario estaba disfrutando de la vida regular.

No hice absolutamente nada de terapia, lo que hizo, que mi mano izquierda se fuera cerrando lentamente, no la usaba regularmente, la contractura de mis brazos alcanzo 60 grados al igual que mis piernas, en la noche me quejaba de dolor y cuando mi madre me lo recriminaba me hacia el loco, y así pase 7 años, momento en el cual me gradué y decidí que me quería ir a vivir a España y trabajar allá, solo.

Durante esos siete años mi madre me hizo todo tipo de proposiciones de terapias, a las cuales me negué rotundamente, sin embargo, ante la posibilidad del viaje a España, me embarque en un nuevo tratamiento con algo novedoso para mí, el tratamiento con la toxina botulínica, no para evitar las arrugas, no como cosmetología sino como posibilidad de controlar mi espasticidad.

La selección del médico tratante corrió por parte de mi madre quien, luego de investigar, seleccionó a un médico muy competente, pero insoportable. Su actitud, su intransigencia, su avidez económica y peor aún, el abuso en el horario de su consulta, logró sacar lo peor de mí, y me fui de la peor manera. Ciertamente, en una sesión, abrí la mano izquierda, comencé a usarla, y aumento mi movilidad, la relajación de mis músculos, hasta me libero un hombro, pero era tan insoportable, tan abusadora, te citaba a las 4 y te atendía a las 9 de la noche y por supuesto siempre te cobraba un extra que nadie sabía, en fin fue de las torturas, la peor que me ha tocada vivir.

No soporté este trato y me cambie, gracias a la recomendación del Dr. Ariel Kaufman, y al grupo Phisia, quienes me tratan en la actualidad, los que verdaderamente me ayudan, resuelven mis necesidades y dolores, con la gran ventaja que son cercanos y entienden que debo hacer terapias, pero que tengo derecho a la vida regular, que mi parte intelectual, mi trabajo y mi vida social es tan importante como mi parte física para apoyarme.

Con todo lo que renegué de este tratamiento, pues no soy amigo de los cambios, reconozco que mi vida dio un giro de 180 grados gracias al tratamiento con la toxina botulinica y los ejercicios de Pilates, mi calidad de vida es radicalmente otra, y que no solo las personas con cualidades distintas necesitan el cuido de la parte física, que es imprescindible la rutina de los ejercicios para poder tener una calidad de vida que nos permita enfrentar lo que significa el proceso de envejecimiento y acometer este mundo de manera adecuada.

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