“Tengo 105 años y me siento como si tuviera 16”, asegura la española Paquita Salguero

Acepta el reportaje vía WhatsApp. Pero no utiliza emoticonos, sino una prosa cuidada y creativa. «Buenas tardes Pablito. Cuando creí que me tenías olvidada apareces de nuevo como una ola. Ante el temor de ser sumergida por ella y me metas en el grupo de los ignorados me veo en la circunstancia de invitarte a comer este jueves a las dos de la tarde para hablar (con lo que me gusta a mí hacerlo)». La persona que escribe este mensaje se llama Paquita Salguero Camarero y nació «el 7 de mayo de 1914. Vine a este mundo dando chillidos», comenta sonriente. «Toda la vida fui muy feliz. Creo que el secreto es eso, tener buen humor y ser optimista», analiza. Su sobrina -ella no tuvo hijos-, que comparte almuerzo, matiza algunos aspectos de su biografía que son bastante duros. Su madre murió cuando Paquita tenía cinco meses y su padre falleció pocos años después. «Me crie con mis padrinos, que eran gente muy buena. Vivimos en faros como el de las Sisargas o en el cabo de Torres de Gijón Recuerdo que íbamos andando hasta allí desde el puerto del Musel. Siempre anduve mucho, ya de pequeñita», relata. Todo lo cuenta sin atisbo de amargura ni añoranza. Deja el móvil en una mesa auxiliar y su sobrina le sirve en un vaso pequeño un poco de moscato de la firma Ochoa. «Le encanta, tengo que comprar más».

«DE ESTO NO TE MUERES»

«¿Enferma?», contesta un tanto sorprendida cuando le pregunto si siempre gozó de buena salud. «De pequeña me acuerdo de estar en la cama y de que había una cómoda con unos medicamentos», comenta. «Ah, y tuve un cáncer de piel. Me operó el doctor Martelo en el año noventa y pico, me dijo que de esto no me iba a morir. Lo que me costó trabajo fue ponerme pantalones para que no se me viese la cicatriz, porque hasta entonces siempre iba de falda», relata. Comemos en el piso del centro de A Coruña con unas imponentes vistas al puerto en el que vive esta mujer de 105 años. El menú es pastel de verduras, lenguado y tarta de queso casera de postre. Paquita siempre es la última en servirse. Toma poca cantidad de cada cosa. «Siempre fui delgada. Toda mi vida. De pequeña los albañiles de las obras se metían con mi cintura», recuerda sonriente. Le encanta comer, pero la cantidad justa. Dormir la siesta y pasear por las mañanas cuando el tiempo lo permite son otras de sus rutinas. «Hasta hace dos años daba la vuelta a todo el paseo marítimo, pero ahora ya no. Estoy empezando a notar los años», asegura.

EL PRIMER ORDENADOR

De vez en cuando su móvil emite el típico sonido de que acaba de recibir un mensaje. Paquita los contestará en cuanto tenga un rato. «Me encanta escribir, siempre me gustó. Pero soy muy cursi», comenta sobre sus famosos wasaps. Me enseña una foto en la que aparece junto a su marido, fallecido en el 2011. «Es del día en que por fin me regaló el ordenador que llevaba tiempo pidiendo. La chica de servicio que entonces tenía en casa por las tardes me daba clases de informática y se las pagaba aparte», confiesa. Una mujer inquieta, viajera, lectora… Es increíble poder compartir un par de horas con una persona que nació poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial y que demuestra una lucidez impresionante. «Siempre tuve amigas más jóvenes. Y mis pretendientes siempre eran de menos años que yo», comenta. Con el postre su sobrina le rellena el vaso del moscato navarro que tanto le gusta.

«Es una felicidad cumplir años, pero yo me siento como si tuviera 16», reconoce. Me muestran un álbum de fotos y de recortes de La Voz en los que se hizo referencia a esta súper centenaria. Son imágenes entrañables de viajes por distintos lugares, de comidas familiares, de regalos recibidos en los cumpleaños… «Toda la vida fui muy feliz», insiste Paquita. Siempre elegante, me acompaña hasta la puerta de su casa. «El jueves 23 de enero de 2020, a las dos de la tarde (no va ser de la mañana) te espero en la puerta principal con los brazos abiertos y el corazón latiendo», me había escrito en otro de sus imponentes mensajes. Efectivamente, en la puerta estaba esperando cuando llegué y hasta la entrada del domicilio fue a despedirse. Quedamos para hablar en mayo, con motivo de su 106 cumpleaños. «No creo que cumpla muchos más, soy consciente de que el tiempo pasa, pero estoy preparada», confiesa.

José Ameixeiras, 102 años: «O tempo vaise, o que hai que facer é aproveitalo»

El centenario, que aún conserva la retranca y la picardía de su juventud, lleva una vida tranquila en su casa de Fornelos, en Zas

José está hecho de otra pasta. «Xa de mozo, cando chegaba de traballar na terra, el facía así un pouquiño coa auga e xa estaba limpo. Os demais non, tiñamos que fregar e fregar», relata el hijo de este centenario. Él y su mujer viven con José en casa, aunque después de pasar un rato con ellos, estoy en calidad de afirmar que mucho trabajo no les da. «A miña irmá casou, e como non había ninguén que quedara aquí, quedei eu. Non gañei moito, pero durmín boas sestas», bromea el hijo.

«Cuénteme su vida», le comento. Respira, piensa unos segundos, y dice: «Eu teño moito que contar, ho». La de José ahora es una vida tranquila, pero bien pudo haberse quedado por el camino varias veces. «Traballou moito, eh, moitísimo. Nós tiñamos moito terreo e había que traballar máis, o que pasa é que foi un home duro, duro. Tirando por un arado dos animais ata a noite… Se agora fose coma antes, aquí na aldea non había ninguén», relata su hijo.

Pero la mayor dureza de su último siglo no viene del campo de su finca, sino del de batalla. Instantáneamente, sus recuerdos le llevan a la guerra civil, en la que luchó desde el bando franquista. «Eu estiven na guerra en Guadalajara. Estiven deitado nun baixo, e as balas pasando por riba. A canonazos, e logho?», relata. En aquel momento tenía 19 años: «Estaba na primeira compañía. Eu era das dereitas e os outros das esquerdas, pero eramos irmáns. Os irmáns uns contra os outros? Iso non podía ser». «¿Pasó miedo?», le pregunto. «Mira… o sangue do home é moi duro…». Un día vio cómo mataban a un chaval. «Non hai entendemento, porque a aquel rapaz non tiñan falta de matalo. Tiña pai e nai». El chico gritaba que era de izquierdas y le decían que se callase, pero no hubo forma. «Estaba un pouco tocado da cabeza, encontrárono durmindo, pobriño. Eu ía coa patrulla, collémolo. Matárono e mandáronmo enterrar a min».

Su hijo le ayuda a completar la anécdota: «Meu pai estaba coas botas rotas amarradas con aramio en medio da neve, e o compañeiro díxolle: ‘José, cóllelle as botas ao rapaz este, que están novas de todo’. Pero meu pai, non». «Eu boteille un pano na cara por riba dos ollos. Non che conto mentira ningunha», sentencia José, que por momentos revive la instrucción: «Dicíannos: ‘¡Eee… Ooooh! ¡Eee… Ooooh! ¡Media vuelta! ¡Izquierdaaa!’, ja, ja», se ríe.

DE LA GUERRA AL ALTAR

Cuando la pesadilla de la guerra terminó se fue para Betanzos, pero no por mucho tiempo. Padecía de un oído y desde allí se fue al hospital de A Coruña. Casi lo operan, pero el médico le dijo que mejor lo dejase así. Lo que pasa es que en vez de volver para Betanzos, se lio y se quedó por la ciudad herculina más tiempo del que debería. Lo vio un vecino y le dijo: «José, que fas aquí? Están repartindo as licenzas». Pero uno de los tenientes no estaba por la labor de dársela. «O larpeiro aquel… Foi á Coruña para matarme, pero mentres o tenente ía para alá eu deille uns aforros a un cabo e vendeume a licenza», señala José, que todavía se ve escondiéndose de él: «Eu andaba camuflado, e vino vir pola rúa Real coa pistola, pero escondinme».

Con todas estas aventuras en la mochila, a los 32 sentó la cabeza y se casó. «A miña muller foi de aquí da vila, pero aquí estaban todas tolas por min. Estaban á pesca miña todas as mulleres, e iso que eu nin bailaba nin nada, eh, ía a unha festa a Cabo do Viño ou a San Cristovo e dicíalles: ‘Se queres vir comigo a dar unha voltiña…’ E xa viñan correndo. Eu por chavalas non era…», asegura. Pero al final se quedó con una: Dorinda. «Tiña 16 anos cando empecei a andar con ela. Pero eu tiña moza, eh, tiña». José y Dorinda tuvieron una relación durante un tiempo, la dejaron y volvieron más tarde. Superaron los 67 años de matrimonio hasta que ella se murió el año pasado. Pero la juventud es lo que tiene, y antes de pasar por el altar José aprovechó bien el tiempo: «Eu tiña unha moza de aí de Pazos e outra máis. Ía un día ao lado dunha e ao outro día coa outra», dice entre risas. Ahora, cuenta su hijo, a veces parece que habla solo, pero en realidad habla con Dorinda: «Pasaban horas falando os dous aí fóra e el segue a facelo». A pesar de su ajetreada agenda sentimental, tuvo a sus dos hijos con la mujer de su vida. «Tívenos con ela. Podía ter varios fillos por aí, pero non. Eu non. Hai que ser cristián. O ter fillos por aí adiante non é ningunha riqueza».

Ricardo Novo, 102 años: «Vivir vive calquera, hai que saber vivir»

«Para vivir ben fan falta a leña e o viño… y un durito en el bolsillo», cuenta Ricardo en su casa de Santiago

No hay pregunta o situación que Ricardo Novo (Cardeiro, Boimorto, 1917) no resuelva «cun conto». Los cuentos, la leña y el vino no pueden faltar en la vida, receta. Y están en el menú del día de este centenario que se quedó huérfano a los 6 meses, dejó el colegio para empezar a servir a los 14 años, perdió un ojo en la guerra, y hoy se defiende prácticamente solo en la casa familiar de Calo, en Teo, donde vive con su hijo Pepe. «Este fillo cóidame moi ben», dice Ricardo, retranqueiro y agradecido. «Non me fagas propaganda, anda! El dá as grazas por todo», responde el hijo.

Los «contos» picantes son los que más le gustan a este centenario como un buxo, y los que menos le dejan contar. Porque los hijos se convierten en padres a partir de una edad. Los 102 años de Ricardo van erguidos con humor hacia los 103, que cumplirá el 3 de mayo. Camina un poco todos los días, hace sus gestiones en el banco («nunca se despista con las cuentas, los intereses los cobra íntegros», asegura su hijo), revisa el buzón del correo incluso sábados y domingos, no perdona la visita al bar, ni un vino o dos al día. ¿Cuántos vinos toma al día? «Dous. Ou tres viños. Ou catro… ou cinco», se anima. Se levanta después de las 10.30, desayuna medio zumo de naranja, cuatro galletas de coco y colacao, toma dos pastillas, no perdona la siesta diaria (de una o dos horas), ni la cena a base de sopa, en la que siempre moja pan. «Ata coa sopa toma viño, un branco que facemos nós na casa, curioso, natural… Agora, á súa idade, que lle vas dicir, que non tome viño? E ademais el nunca perde o control», dice Pepe.

«A GUERRA DEUME A VIDA»

¿Cómo se siente a sus 102? «Hai fallos. De aquí estou ben…», dice señalando la cabeza. «A idea téñoa toda, pero o corpo non sempre acompaña. As ideas son criminais, faltan os poderes!». Para vivir, leña, humor y vinos aparte, se necesita «un durito en el bolsillo. Contos e cartiños. Eso es lo principal. Yo hasta la fecha siempre tuve un durito en el bolsillo, hasta la fecha…», cuenta Ricardo. «Pues ahora malo será que falte», se ríe su hijo Pepe. «Diñeiro de máis, falta non fai -matiza Ricardo -, que se non acabas sendo escravo do diñeiro, non vives ben».

Él siempre se buscó la vida. «Achegábame á xente que sabía», explica. Fue, en palabras de sus nietos Alfonso y Miguel, que van a verlo los fines de semana a la casa de Calo, «el primer bróker de Ameneiro». «Traficante no fue, pero compraba patatas y vendía patatas, compraba habas y vendía habas. Compraba de todo y vendía de todo», y se iba ganando la vida con su mano negociadora desde casa, desde la casa en que lo acogió su suegra, María Esther. A Ricardo aún se le hace una sonrisa al hablar de la madre de su mujer: «Miña sogra era moi boa señora! Naceu na Arxentina e cando veu para aquí sabía moito do mundo. Todos somos de María Esther». Desde que se casó con Eladia, en el 43, Ricardo vive feliz en la que fue la casa de su suegra. Para él, trabajar en Carnota no era plan: «Logo como ía estar na casa, cos fillos, e a familia que?». El hogar, la paz para Ricardo, que fue más que festeiro un gran conversador, llegó tras tres años de guerra. Fue herido el 30 de junio del 38 y el 5 de marzo de 1939, primero en Teruel, después en Castellón. «Pero a guerra deume a vida», considera. «Debe de referirse a que, ao quedar sen ollo, pasou a estar ao servizo dun comandante do Exército en Zaragoza, e así deixou de estar en primeira liña na fronte», explica su hijo.

A Ricardo no le gusta el invierno. «El frío lo machaca», dice Pepe. Y mientras no llega el 40 de mayo, recurre al chaleco de lana sobre el jersey. Y a la manta sobre las piernas en el sofá. A la taberna, Ricardo le da como a los cuentos, bastante. Una y otros le ayudan a entrar en calor. «Os meus contos ás mulleres gústanlle ben!», ríe travieso quien vio la luz «en el lugar de Piñeiro, parroquia de Cardeiro, concello de Boimorto», recuerda recitando del tirón. Esas son las primeras coordenadas que no olvida, el lugar al que quisiera, finalmente, volver.

A Ricardo, operado de colon, que visita lo justo el hospital, no le falta ni la gratitud. «Dá as grazas por todos. Ten bo humor e carácter, é fácil convivir con el. Case non se enfada nunca», asegura su hijo Pepe, confirmando algo que se ve. «Enfadar eu para que? Eu son tranquilo. Son o máis vello de Teo, dos homes. Muller, algunha con máis anos hai…», se lanza Ricardo, que lee el periódico todos los días. «Interpreta as noticias á súa maneira. E o primeiro que mira son as esquelas», cuenta Pepe.

En Teruel fue, recuerda Ricardo, donde peor lo pasó en su vida. ¿Y lo mejor? «Eu sempre levei boa vida. Pasei a guerra, e había que sobrevivir. Paseino moi mal en Teruel, vin pobreza, pero en Zaragoza vivín ben, había abundancia de pan», recuerda este caballero, historia viva.

NUNCA PERDIÓ LOS PAPELES

Mutilado de guerra, de vuelta en Galicia, Ricardo se casó a los 26 años con Eladia. «Ella tenía muchos pretendientes, pero yo siempre vestí bien», cambia coqueto al castellano. Trabajó en el psiquiátrico de Conxo, «e gañaba 36 pesos ao mes. O director queríame». Ser herido de guerra, con un 45 % de coeficiente total de mutilación (que logró en parte gracias a una recomendación del párroco de Calo, cuenta), le supuso una pensión de 12,50 pesetas al mes. Muestra enmarcado el papel. «En Conxo trabajó, calcula, diez años. Luego se ocupó ya de comerciar moviéndose desde su casa de Ameneiro. Y de cuidar de la casa, «de las vacas y los cultivos», añade Pepe.

Los papeles nunca los perdió. «Sempre conservou os papeis e sempre tivo saúde de ferro. Quitando o do colon, e un accidente coa mobylette, houbo pouco máis», dice su hijo.

«‘Ricardo, Ricardo’, dime algún, ‘usted qué bien vive’. ‘Vivir vive calquera’, dígolle eu, ‘O caso é saber vivir!’», asegura Ricardo. Los tiempos han cambiado. ¿Para bien? «Daquela había moita miseria. Tendo unha vida normal, pódese vivir, vivir ben. Pero hai que traballar. Parece que non val a pena. Pero val a pena, val. Tamén hai que saber bailar», apunta Ricardo. «E ter idea. Eu idea téñoa toda. Sen idea, acabouse a vida. Cando falla a mecánica, é o que hai».

 

Fuente: lavozdegalicia.es

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