Si tan solo tuviera un corazón

Por: Ana Elena Santanach

Me fascina esa escena del Mago de Oz cuando Doroty y el Espantapájaros se encuentran con el Hombre de Hojalata. Había “perdido” su corazón por un amor fallido, y él, ya sin corazón, se había oxidado, vuelto rígido, sin emociones y sin sentimientos. Sus nuevos amigos le ayudaron a conseguir un nuevo corazón.

Después de todo, si el corazón es solo un músculo que bombea la sangre, entonces por qué confiaríamos en él: “escucha tu corazón”, “déjate guiar por tu corazón”, “ve donde tu corazón te quiera llevar”; creando una batalla interna con la mente lógica racional y el corazón intangible. Lo cierto es que él es el centro de las emociones y la voluntad, y nos quiere dictar cuando algo está bien y cuando no lo está; pero en muchas ocasiones (demasiadas) lo que hace es confundirnos. Porque el corazón está insatisfecho.

Por eso sentimos constantemente que nuestro corazón debería estar “conectado a algo” más grande que nuestro cuerpo; que no se puede satisfacer con sus propias sensaciones, no llena sus propios vacíos ni completa su anhelada plenitud, aunque lo intenta. Lo más que logra es adormecerse, (y engañarse por momentos: “engañoso es el corazón más que todas las cosas”) ¡Sorpresa! ¡No es a “algo”, es a “Alguien”!

Cultivar un corazón sensible

El Hombre de Hojalata quedó rígido, oxidado e inmóvil. Endurecido. Me hace recordar una canción de mi tan lejana juventud, Corazón de Piedra. Ciertas experiencias causan que el corazón se “cierre” y se petrifique. Puede ser por sueños no alcanzados, confianza defraudada, desesperación de no encontrar respuestas en la vida, acomodo espiritual y otras más. El corazón duro se vuelve egoísta.  No tiene que ser así. La sensibilidad puede convertirse en una manera de ser y de vivir. Un área valorada de la vida, procurando la complacencia y el bienestar a otros y no a nosotros mismos, lo que a la vez logra desmenuzar el concreto en que se convirtió el corazón.

Cultivar un corazón alegre

Si el corazón es un lugar, permitamos que la alegría lo visite. No deja de ser interesante que la medicina para las decepciones y heridas de la vida que nos han quebrado el corazón sea un corazón alegre, según Proverbios 17:22 (Biblia): “El corazón alegre es buena medicina, pero el espíritu triste seca los huesos”. El amor, no solo recibirlo si no darlo, es el medio para la alegría. Esto se vuelve relevante, porque, aunque se vale estar tristes a veces, podríamos tomar decisiones en base a las experiencias dolorosas que nos quieren paralizar con inseguridad y el temor. ¡Qué reconfortante es saber que hay medicina para la enfermedad del corazón roto! Y si te han roto el corazón en mil pedazos, repártelo con amor entre mil personas.

Cultivar un corazón sosegado

Quizá el sentir más anhelado es la paz. Todos y cada uno de nosotros deseamos cada día y cada noche que nuestro corazón “pare máquinas” y descanse del torbellino de inquietas emociones de la vida. Y ciertamente que por nuestra vida pasan tantos vendavales que logran arrastrarnos y llevarse la paz. Cosas del pasado no resueltas, compromisos actuales e incertidumbres futuras. Resultado: pérdida de la paz en tres tiempos. ¿Por qué, si solo se vive en un tiempo? En el presente. Perdonando el pasado y ubicando el futuro para vivir el presente nos traerá paz. La completa. La integral. Esa que citó el Apóstol Pablo en Filipenses 4:7 “Así experimentarán la paz de Dios que supera todo entendimiento, que cuidará sus corazones y sus mentes mientras vivan, en Cristo Jesús”

Cultivar un corazón limpio

Alguien dijo que tenemos en el pecho un espacio del tamaño de Dios, y tenemos la necesidad de llenarlo, pero lo hemos llenado con escombros y todo tipo de “materiales” y para que quepa la ternura, la alegría y la paz de Dios, hay que vaciarlo primero. En otras palabras, hay que limpiarlo. Es una limpieza a fondo. Deshacerse de toda basura emocional cuestionable, de toda contaminación moral producto de lo que se “botado” en el corazón. Asearlo de prácticas contrarias a la pureza de nuestra vida, familias y aún comunidades. Ese es una trabajo muy particular y exclusivo que sólo Dios lo puede hacer. El va más allá de repararlo o remendarlo. Lo que hace realmente es poner un corazón nuevo. Un corazón de estreno: “Y pondré en ustedes un corazón y un espíritu nuevo para que puedan hacer mi voluntad”. Creo que nadie le había dicho eso al Hombre de Hojalata. Sería un hombre nuevo, como tú y como yo.

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Ana Elena Santanach es conferencista.

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e-mail: santanach188@hotmail.com

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