Presencias

Por: Susana M. de Vaamonde

Nacemos solos y de la misma manera nos vamos, porque nadie nos acompaña en ese viaje. Buscamos entonces, desde nuestras primeras horas, el calor de otro ser humano y con el paso de los días, tejemos lazos con las distintas personas que nos acompañan.

Las primeras relaciones son de necesidad. Somos indefensos y necesitamos quien nos dé alimento, cuidado, aseo, compañía, amor y consuelo. Nos aferramos a esos brazos que nos ayudan y reconocemos en los rostros el amor, la cercanía, o bien el rechazo o el agobio en aquellos casos menos afortunados; de todos aprendemos.

Esos primeros lazos quedan marcados a fuego en nuestra alma, en nuestra mente y con ellos establecemos asociaciones de manera de no perderlos de vista y poder evocarlos con facilidad y certeza. Además reforzamos con ayuda de nuestros sentidos, rasgos característicos o cualidades que forman un todo, sutil e intangible, pero que está allí y sirve para definir o remarcar experiencias y circunstancias de vida. Ese todo es la presencia que podemos anticipar, añorar o disfrutar.

La presencia es esa cualidad de permanencia en el tiempo, en nuestras sensaciones, que sugiere recuerdos que nos hacen revivir momentos idos para vibrar de nuevo. No solo cultivamos la presencia de quienes pertenecen a nuestro mundo de afectos. También de alguna forma cultivamos nuestra propia presencia, porque nos agrada sabernos amados, apreciados y evocables para otras personas; nos complace saber que podemos ser compañía, recuerdo o nostalgia para alguien en especial, porque le hemos entregado parte de nuestro ser y sentir y hemos compartido vivencias personalísimas.

Con la mirada reconocemos aquel brillo de lo que una vez admiramos; aspiramos aromas, perfumes apresados en el aire; reímos en silencio, cómplices con recuerdos compartidos. Esas nostalgias nos abrazan y el corazón lo agradece.

Presencias hay muchas. La presencia primera es la de la madre y permanece más allá de los años y de la partida. Los abuelos son una dulce presencia y qué decir del primer amor, es una presencia imborrable.

La presencia de esas otras personas que aprendemos a conocer, a entender, a querer y a extrañar cuando no están, existe para llenar nuestros vacíos.
Algunas presencias vienen dadas por la vida pero otras las elegimos y nos complacemos en percibirlas tan cerca como para poder sentir que las tocamos aunque la distancia lo impida. Podemos tocarlas con nuestro ser, encontrarlas en el recuerdo de esa voz que una vez dijo o aún dice cosas que nos gustan y que sencillamente nos acompañan en nuestros silencios.

Son las presencias que reconfortan los desvelos, las que traen imágenes que somos capaces de palpar, oler y sentir porque están instaladas en la memoria de la piel y del alma.

Hay presencias irrenunciables, más allá de la razón y de la voluntad, que compartimos con sueños logrados o nunca cumplidos; o con momentos aferrados a la memoria que bien endulzan o bien pueden hacer un poquito de daño al sentirlas. Pero ha de ser así porque quiere decir que estamos vivos y que esa presencia está y nos acompaña aun cuando su emisor lo desconoce; lo vivimos en nuestro cuerpo, entre los velos del recuerdo, en una melodía lejana, en la luz del ocaso.

Y con certeza, cuando nos toque partir, esa presencia nos ha de acompañar en el gran viaje, nos sustenta y sentimos que habrá valido la pena vivirla, conocerla, sentirla…la tomamos de la mano, nos desvanecemos en ella y nos dejamos ir.

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