Ponle nombre a tu dolor

Por: Verónika Zanoni

¿Cuántas veces ocurre que sentimos una molestia, un dolor y no podemos ubicar de dónde proviene?

La tendencia es buscar un paliativo rápido que nos alivie porque estamos agobiados de trabajo o de responsabilidades que requieren atención inmediata y tenemos que seguir adelante.

¿Te reconoces en este cuadro? Si tu respuesta es positiva deseo invitarte a hacer un alto y a no enmascarar con medicamentos o procedimientos poco ortodoxos ese dolor o molestia que sientes, porque hacerlo no va a la raíz del problema. Coincido con quienes aseguran que nuestros padecimientos son síntoma de algo más profundo que nos está advirtiendo.

En mi experiencia he podido observar diferentes situaciones y me convenzo cada vez más de que identificar es vital para sanar. De lo contrario se corre el riesgo de desmejorar todas las áreas de nuestra vida.

En mis sesiones de coaching de vida y comunicación, llevo a la persona a un acercamiento a sí misma, donde logre un nivel de comunicación consigo que le permita identificar los mensajes de su cuerpo y una vez consciente de ello, generar un dialogo interno efectivo que le conduzca a mejorar, a sanar.

He visto personas descubrir que sus dolencias tienen como origen la incertidumbre, el miedo, la inseguridad y un sinfín de situaciones que los lleva a somatizar. Por fortuna, todo tiene solución.

Nuestro cuerpo se manifiesta y nos habla; por lo tanto debemos aprender a escucharlo para que podamos encontrar una solución real y efectiva.

Parte importante de conocernos es saber escuchar con atención el lenguaje de nuestro cuerpo y si no podemos ubicar al primer intento la causa, es necesario hacer un ejercicio de introspección para ponerle nombre a nuestro dolor e inclusive a nuestro sufrimiento. Porque hay distintos niveles de dolor y al quedarnos anclados en los niveles más profundos del mismo, lo que generamos es un sufrimiento que afecta nuestra vida, roba nuestro bienestar e impide una relación sana con nosotros mismos y con nuestro entorno.

Al ponerle nombre a nuestro dolor estamos iniciando una comunicación efectiva con nuestro ser y al reconocer el origen podemos empezar a trabajar sobre lo que lo ocasiona. Entonces podemos dar un giro a las palabras que nos decimos, en una suerte de sortilegio personal que coadyuve a transmutar lo negativo en positivo, la decepción en sana aceptación, la oscuridad en esperanza, el letargo en acción, porque ciertamente vamos posponiendo nuestro cambio tratando de favorecer primero a otros.

La conocida escritora Louise Hay se refiere a las emociones mal gestionadas que resultan en enfermedades. De allí que es vital comenzar a entrenarnos y para hacerlo buscar ayuda de profesionales que nos motiven al cambio y nos permitan ubicar las diversas herramientas que tenemos a nuestra disposición. De esta forma mejoramos la comunicación interna, aprendemos a identificar aquello que nos molesta y podemos iniciar el cambio a mejor. Nuestro bienestar nos lo agradecerá.

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