Paseando a la licuadora

Por: Juan Eduardo Fernández 

Antes de que comiencen a leer mi columna de esta semana quiero aclarar que el título no refiere al nombre de una canción, se trata de algo que hice en una plaza porteña el pasado fin de semana. Todo comenzó el viernes, cuando fui a buscar a mis hijos para que pasaran el fin de semana en mi casa, como dicta la tradición desde que comenzó la pandemia. Algo que para mí significa mucho, y para mis hijos aún más, no solo porque les encanta pasar tiempo conmigo, su querido padre (esto puede ser una apreciación mía), sino porque mi conexión a internet es más potente que la que tienen en su casa.

Pero este fin de semana no sería como los otros, porque en esta oportunidad, nos acompañaba una nueva integrante de la familia: La licuadora, que mi ex mujer tuvo a bien obsequiarme, pues ella había comprado una nueva. “De motor está bien, solo hay que comprarle la base del vaso, que engrana en el rotor” ¿Entendiste? dijo ella; A lo que yo sólo alcancé a decir: “Ajá, muchas gracias” (porque obviamente no tenía ni idea de a qué pieza se refería). En fin, tomé la bolsa con la licuadora, a mis hijos y nos fuimos a casa.

A la mañana siguiente, luego de prepararles el desayuno a los niños, les dije para salir a dar una vuelta, pues acá en Buenos Aires están permitidas las salidas recreativas los fines de semana; obviamente mis hijos no quisieron, pues, creo que están muy expuestos a las noticias y básicamente tienen terror de poner un pie en la calle. Pero cuando se trata de que papá salga, a eso no le hacen problema, más que nada porque siempre regreso con alguna golosina.

Y en este punto me quiero detener, porque considero que el encierro no es bueno, pero tampoco aligerar las medidas, pues la pandemia existe y tenemos que aprender a convivir con ella ¿Cómo? Tomando todas las previsiones del caso, lavándonos las manos, mientras cantamos 3 veces la canción de cumpleaños, pero el “Ay que noche tan preciosa”.

Bueno, después de este mensaje concientizador, continuo con mi relato:
Luego de rogarles rodilla en tierra que me acompañaran, desistí, tomé la licuadora, la metí en mi bolsa ecológica de Los Simpsons y comenzó la búsqueda del repuesto que necesitaba “La Licua”. Di varias vueltas ese sábado, pero nada. A la mañana siguiente, repetí la misma rutina: meter a La Licua en la bolsa, y dar varias vueltas por Almagro para ver si encontraba el repuesto o tal vez, algún experto que lograra descifrar cuál es la pieza que necesita la licuadora para volver a la vida.

Ya han pasado varios días, y no he encontrado la refacción, pero lo que encontré fue una gran compañera, quien me deja tomarla del aza (porque no tiene manos), y llevarla a pasear por el barrio. Tal vez mi licuadora no logre licuar nunca, pero mientras esté conmigo, me encargaré de llevarla siempre a dar una vuelta.

Creo que entre “La Licua” y yo está naciendo una maravillosa amistad, quien quita si en algún momento, me acompañe a “darle la vuelta al mundo”.

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@soyjuanette

Ilustración: Alexander Almarza (@almarzaale)

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