Mujeres centroamericanas encuentran la seguridad y la fortaleza en un mural

Un nuevo mural decora las calles de Tapachula, la ciudad más concurrida del lado mexicano de la frontera con Guatemala. Con matices terrosos vívidos, muestra a una mujer cargando a un bebé en sus brazos, decorado con los nombres de las 24 mujeres del Norte de Centroamérica que lo pintaron, y palabras profundas que capturan sus aspiraciones: amor, confianza, libertad y seguridad.

A principios de diciembre y por un periodo de dos semanas, las mujeres se reunieron para conceptualizar, dibujar y pintar el mural en un proyecto sobre violencia de género apoyado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.

“Este mural representa nuestra lucha diaria para seguir avanzando, cuenta nuestras historias”, dijo Manuela, salvadoreña de 48 años, mientras apuntaba con el dedo las palabras que ella decidió pintar en el mural: Levantemos nuestras voces.

Manuela ha estado escapando de las pandillas criminales de El Salvador por cinco años. Cuando no pudo pagar las extorsiones que exigían, que ascendían a los 170 dólares semanales, ella y su madre fueron brutalmente golpeadas. En una de esas aterradoras visitas, su madre murió de un paro cardiaco.

Sola y desesperada, Manuela decidió mudarse a otra ciudad. La pandilla la encontró seis meses después y amenazó con matarla. Ella cayó en un éxodo sin fin de pesadilla dentro de El Salvador, sin pasar más de una semana en cada lugar.

“No hay un lugar seguro en El Salvador”, dijo Manuela.

A pesar de sentirse asustada, Manuela decidió unirse a la “caravana” de más de 7.000 personas de El Salvador, Honduras y Guatemala que, a finales de octubre de 2018, caminó hacia el norte buscando seguridad.

El 14 de enero otra caravana partió de Honduras, y más de 1.100 personas refugiadas y migrantes cruzaron la frontera de Guatemala con México esta semana, incluyendo a 145 niños y niñas.

29.600 personas solicitaron asilo en México durante el 2018, un incremento de más de diez veces en los últimos cinco años. En su mayoría huyen de la violencia y la persecución de Honduras (46 por ciento), Venezuela (22 por ciento) y El Salvador (21 por ciento), algunos de los países con los mayores índices de asesinatos. 56 por ciento de todas las solicitudes de asilo recibidas en México se están procesando en el estado sureño de Chiapas, donde se ubica Tapachula.

Las mujeres, que pintaron el mural de 14 metros, son mayormente de Honduras y El Salvador. Algunas huyeron solas, mientras que otras vinieron con sus familias o se unieron a la caravana, como el caso de Manuela. Ellas fueron amenazadas por las pandillas, violadas, o vieron a miembros de su familia ser asesinados, por lo que sus vidas corrían peligro y no pueden volver a sus países.

A principios de diciembre y por un periodo de dos semanas, las mujeres se reunieron para conceptualizar, dibujar y pintar el mural en un proyecto sobre violencia de género apoyado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.

“ACNUR está trabajando con diferentes grupos de personas solicitantes de asilo y refugiadas para permitirles tener espacios donde puedan encontrar la seguridad, expresar sus sentimientos y trabajar para superar sus traumas”, dijo Kristin Riis Halvorsen. “Muchas de estas iniciativas están enfocadas en mujeres sobrevivientes de violencia sexual y de género, que está muy generalizada entre las mujeres, niñas y jóvenes que vienen del Norte de Centroamérica”.

En el marco de los 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género, ACNUR organizó una serie de actividades en Tapachula para concientizar y mejorar las redes para que las mujeres puedan hablar sobre sus experiencias. Debido a que los problemas que han atravesado las mujeres son muy complejos y difíciles de tratar, los proyectos artísticos se diseñaron para que las mujeres pudieran tener un vehículo diferente para expresar sus sentimientos y, a través de una creación colectiva, alcanzar un nuevo nivel de confianza y finalmente recomenzar, dejando atrás su trauma.

A medida que aprendían a utilizar los pinceles y cómo jugar con los colores, las mujeres también comenzaron a confiar entre sí y a darse cuenta de que no estaban solas en los abusos que habían sufrido.

“Pudimos relajarnos, pudimos reír juntas, olvidamos los problemas en nuestros países”, dijo Janeth, salvadoreña de 45 años.

Combinados con lecciones de arte hubo ejercicios para compartir, donde las mujeres reflexionaron sobre sus experiencias traumáticas y se hicieron más conscientes de sus derechos. La mayoría de ellas no sabía que podían solicitar asilo hasta que llegaron a la frontera con México.

“Pensábamos que lo que nuestras parejas nos decían era porque nos amaban”, dijo Luisa*, una víctima de abuso sexual de Honduras. “Ahora sabemos que tenemos derechos y que no necesitamos sufrir”.

Janeth, de 45 años, apunta a un rincón oculto del mural, cerca del piso. Ella pintó una pequeña lápida con una gran cruz gris rodeada de pájaros voladores. Tiene el nombre de su hijo de 17 años.

“Quería capturar mi dolor”, dice ella con los ojos enrojecidos.

En El Salvador, el hijo de Janeth no pudo escapar de las pandillas que querían reclutarlo. Negarse a unírseles le costó la vida. Una noche de noviembres de 2017, cuando Janeth escuchó los disparos desde su hogar, poco después de acostarse a dormir, ella supo.

El Salvador es uno de los países más mortales para personas jóvenes, especialmente para los hombres jóvenes. En 2015, 207,5 de cada 100.000 jóvenes murieron, principalmente debido a homicidios. Esta cifra se encuentra significativamente por encima del promedio mundial de 149, de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud. La matrícula en educación secundaria es de menos del 38 por ciento, muy por debajo del promedio latinoamericano de 74 por ciento.

Janeth aún tiene problemas para lidiar con la muerte de su hijo, pero ella no puede dejar que la depresión la venza, ella necesita proteger a su hija Alma*, de 13 años. La misma pandilla que asesinó a su hijo quería reclutar forzosamente a Alma para que fuera la novia de un miembro de la pandilla, lo que podría equivaler a esclavitud sexual.

La familia huyó a otra ciudad, donde Alma tenía que cambiar de escuela cada dos meses para mantenerse oculta. La pandilla la encontró después de seis meses y no podía salir de su casa.

Ellas llegaron a Tapachula hace menos de un mes. Todo lo que la familia quería era encontrar la seguridad, un lugar donde Alma pueda continuar con sus estudios y ser enfermera.

“Yo no quiero ir a los Estados Unidos, yo quiero estudiar aquí”, dijo Alma.

Al reflexionar sobre el proyecto de arte, las mujeres enfatizaron en lo provechoso que fue para todas ellas.

“El mural nos hace sentir que somos seres humanos, que tenemos el deseo de sobrevivir sin importar lo que venga”, dijo Luisa. “Pero no podremos hacerlo sin el apoyo de las organizaciones, de los vecinos y las instituciones”.

Cuando Luisa ve hombres tatuados en la calle, su cuerpo tiembla, reviviendo el trauma que pasó en Honduras, donde fue violada por dos hombres encapuchados. Pero en Tapachula, ella se siente a salvo.

“Encontré una familia que no conocía antes”, añadió ella.

Emocionadas y orgullosas por los resultados del proyecto artístico, las mujeres ansían continuar aprendiendo nuevas habilidades que les puedan ayudar a encontrar empleo en Tapachula, como aplicar tratamientos de belleza, costura o cocina.

Con una sonrisa en su rostro, Luisa añadió: “Después de esto, podríamos convertirnos en artistas”.

*Los nombres fueron cambiados por razones de protección.

 

Fuente: ONU Noticias

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