Los sentidos de la vida

Por: Ana Elena Santanach

Lo escuchamos todos los días: “el Internet y las redes sociales (sus hijas naturales y adoptivas) no es malo. Todo depende de cómo se use”. Y es muy cierto. Casi todo es así en la vida. Así como un bisturí se usa para una cirugía médica, también puede ser usado para hacer una herida mortal. Uno elige entre dos opciones. Nosotros decidimos cómo usar lo que hemos recibido. Para bien o para mal.

Por lo tanto, la vida se trata del buen uso que le demos a aquello con lo que hemos sido bendecidos: nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu, incluyendo nuestros maravillosos cinco sentidos. Son la puerta de entrada y de salida de nuestras emociones. Los sentidos son nuestro mejor recurso para bendecir a los demás, o lastimarlos. A través de ellos estamos llenos de virtudes. No deberíamos pensar que no tenemos cómo mostrar amor, apego, sensibilidad, empatía, respeto o consideración a la familia o a los amigos. Tenemos ese gran poder otorgado por Dios cuando nos diseñó, nos armó y nos “cableó”. Así lo enseña el Salmo 139 (Biblia): “Tú creaste todas las partes de mi cuerpo. Me entretejiste en el vientre de mi madre”:

La Vista

Es una de las más apreciadas. Cada mirada cuenta. Queremos mirar un hermoso atardecer, un lindo arcoíris. Pero haremos un gran bien si nos miramos a los ojos unos a otros al hablar, al conversar. Retiramos la vista del celular o del televisor (mejor si lo apagamos) y nos concentramos en las personas. En su rostro, en sus ojos. Hagamos contacto visual y podremos notar su luminosidad. O transmitir nuestra admiración con solo mirarnos. Así lo enseña Mateo 6:22 (Biblia): “Los ojos son una lámpara que da luz al cuerpo. Cuando el ojo es bueno, todo el cuerpo está lleno de luz”. Con los ojos también se sonríe.

El oído

Pareciera que saber oír no es fácil. Las palabras, para llegar al corazón primero tienen que pasar por el oído. Si escuchamos, la gente nos hablará con liberta y confianza. Escuchar es un acto de amor y respeto. Nuestros niños y adolescentes vivirían más entusiasmados y seguros si tan sólo los escucháramos. Pongámosles atención. Tenemos dos oídos. Uno a la derecha y el otro a la izquierda. Lo más probable es que también nos escucharán y compartiremos sentimientos. Aún la fe viene por el oír (oír lo que Dios dice): Romanos 10:17 (Biblia)

El olfato

Solo respiramos un poco y ya olemos. Podemos oler despacio o apurados. Es una gran virtud para generar momentos de compartir. Nos relacionan con instantes especiales. Si son alegres o significativos, mejor. Algunas parejas recapturaran sus recuerdos por el olor de una fragancia. Cerrarán sus ojos y sentirán ese olor a helado de vainilla de cuando eran novios. Solo es cuestión de dejarse llevar.

El gusto

De éste hay que darse gusto. ¡Qué maravilla saber distinguir sabores! Pero lo verdaderamente relajante es compartir esos sabores. Una taza de café o de chocolate. No se trata solo de comer o beber, sino de saborear, disfrutar. Parar el reloj. Es cada miembro de la familia con un helado y tomarse su tiempo para gozar ese momento juntos.

El tacto

Es la virtud que más nos hace sentir vivos. ¿Cómo se ejercita el tacto? Tocando. Aproximándose. Estando muy cerca. Tomarnos de las manos para no sentirnos solos. Abrazar y tocar a nuestros seres queridos varias veces al día quita los temores, libera las tensiones. Acariciar la cabeza de los hijos cuando pasamos a su lado. Es un sencillo gesto, pero genera tanto bien. Elimina esa sensación de vacío y soledad. También valen masajes de hombros, espalda y pies.

Desde luego que estamos hablando de los cinco sentidos que a todos nos son comunes, pero que se vuelven extraordinarias virtudes cuando bendecimos a los demás. Insisto. Las cosas no son malas o buenas en sí, si no lo que hacemos con ellas. Podemos añadir como aderezo, el sentido del humor y el sentido común.

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Ana Elena Santanach es conferencista.

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