Los introyectos (Parte I)

Por: Carlos Piña Grau

Una de las formas, generalmente inconsciente, por las cuales escogemos cómo pensar y actuar, se debe en gran parte a esos mensajes que vamos recibiendo desde pequeños, aún desde nuestra vida en el útero materno.

Teóricamente se les llama introyectos, y aunque no todos ellos nos perjudican, hoy nos referiremos a aquellos que percibimos como mensajes inadecuados o mensajes que pueden destruir nuestra vida.

¿Y por qué digo que pueden destruir?

Porque están cargados de una intensidad y energía capaces de distorsionar nuestro ser, esencialmente puro, hasta llegar a hacer de él algo totalmente disfuncional y alejado del propósito inicial de su existencia, es decir, ser feliz.

Por ejemplo, un hijo no deseado percibe esa carga de energía negativa y prueba desde el útero el sabor del rechazo. Al contrario, un bebé amado desde su concepción, se nutre felizmente de su madre durante su vida intrauterina y del amor que ella le manifiesta y por tanto, su transición al mundo se ve compensada por el amor y el contacto con la piel de la madre.

El individuo se ve bombardeado a cada momento de numerosos mensajes que le van moldeando hasta el punto de hacer previsible, desde sus primeros años, lo que será su actuar a futuro, porque ya en su corta edad su yo está estructurado y es un adulto en miniatura que habita en el cuerpo de un niño.

Por eso es muy difícil que el niño pueda manejar mensajes como: “Venimos a este mundo a sufrir”, “Actúas igual a tu padre”, “Aprende de tu hermano/a”, “Los hombres no lloran”, “Eres una cualquiera como tu tía”, “No puedes hacer nada bien”, “Eres gordo”, “Eres fea, “…bruto/a…” y una larga lista que nos hace sentir mal, incómodos y por lo tanto baja nuestra estima y sentimos que no merecemos ser amados, ni siquiera por nosotros mismos.

Esto se acentúa en la adolescencia cuando nuestra necesidad de aceptación es vital para poder afrontar otro tipo de relaciones más complejas, donde a veces estamos expuestos al bullying y se juzga la apariencia, la simpatía, la popularidad, etc. De no contar con herramientas válidas para salir del trance, el paso a la edad adulta lleva la etiqueta del fracaso acompañado con una gran carga de culpa.

Por ejemplo: “No he sabido crecer ni ser lo que mis padres esperaban de mi” o “No escogí la carrera que me gustaba por temor a fracasar”, o “Escogí una pareja que nada tiene que ver conmigo, la escogieron por mi”, etc.

Esto supone que la vida transcurre de error en error con una gran carga de frustración y enojo con nosotros mismos, y que traspolamos al mundo, a ese mundo que nos recuerda lo poco que valemos y merecemos. El resultado es ese adulto inadecuado y que no sabe manejarse en lo personal o en lo profesional o, peor aún, en ambos.

Sin embargo, tenemos el potencial de cambiar estos mensajes al tomar consciencia de su efecto en nosotros. Una vez tomada esa consciencia, podemos cambiar la calidad de esos mensajes, hacerlos positivos mediante el uso de palabras clave que aumenten nuestra autoestima, y nos den un paisaje diferente, motivador e innovador de lo que somos y podemos lograr.

En la próxima entrega seguiremos abordando ideas alrededor de los introyectos.

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Email:  carlospinagrau@gmail.com

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