Los buenos deseos

Por: Verónika Zanoni

Los buenos deseos son la expresión manifiesta del bien que deseamos a los demás. Esto implica un paso previo que coincide con la máxima cristiana de amar al prójimo como a nosotros mismos. Profundizando la idea, encontramos el tópico varias veces expuesto de que para dar a otros debemos darnos a nosotros en igual medida, o dicho de otra forma, nadie puede dar lo que no tiene, y amar –que es un acto noble por excelencia – es desear el bien a los demás. En consecuencia, lo que deseamos a otros debemos desearlo para nuestra vida y viceversa; así funciona.

Para ello hay que estar claro acerca de quiénes somos y qué queremos, para poder proporcionárnoslo. Al internalizar este conocimiento de nosotros mismos, ya podemos proyectarlo a los demás, porque la claridad de nuestra conciencia y de nuestro ser nos permite observar en profundidad a nuestros semejantes, conectarnos con sus necesidades y anhelos y por ende, desearles que alcancen la máxima felicidad posible.

Estos deseos se decretan en palabras y se concretan en acciones, porque el manifiesto de un deseo que se hace desde el corazón y se verbaliza sin duda alcanza su destino. No hay barreras ni ocasiones especiales para desear el bien, incluso es posible hacerlo aunque estemos viviendo momentos poco afortunados. La razón es que al desear lo bueno a otros esto tiene un efecto búmeran y nos devuelve parte de esa buena energía, por lo tanto desear el bien tiene un efecto sanador.

Los buenos deseos han de ser expresados con humildad, sencillez y honestidad. Las palabras adecuadas tienen entonces un efecto profundo y directo sobre quien las recibe. También han de decretarse con el convencimiento de merecer las bondades a recibir. Esta serie de pensamientos positivos transmutan en energía que potencia la intención y resolución del deseo decretado.

Tiene que haber también congruencia entre lo que deseamos para nosotros y hacia los demás. Conlleva un ejercicio de limpieza, de depuración interior de todos aquellos sentimientos y pensamientos turbios que nos hacen ruido e impiden nuestro avance y crecimiento personal. Incluye esta limpieza el perdonarnos y aceptarnos con nuestras luces y sombras porque son parte de nuestra esencia para también así perdonar y aceptar a quienes nos acompañan en el camino de la vida y de esta forma manifestarles nuestro aprecio y lealtad.

Los buenos deseos son equivalentes a dar y recibir bendiciones porque nacen del amor, son actos de amor que una vez echados al viento viajan en la dirección correcta en sintonía con Dios y con el Universo de manera que estas fuerzas cósmicas las depositan en su justo lugar y en el momento adecuado y eso te incluye.

También se caracterizan por la generosidad y alegría con que se obsequian lo cual hace que tengan un efecto multiplicador que se irradia a quienes están abiertos a recibir. Recordemos que así como se aprende a dar también se aprende a recibir. Recibir buenos deseos o bendiciones es un acto de humildad porque aceptamos que nuestra condición, aunque imperfecta, ha hallado gracia y merecimiento y hemos de alegrarnos en ellas y recibirlas con gratitud y a la vez compartir tal bendición.

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