Lo que de veras importa

Por: Ana Elena Santanach

Día tras día, nos acostamos con una interminable lista de cosas por hacer, asuntos pendientes, compromisos que atender, planes que finiquitar, sueños que alcanzar, metas que cumplir. Y así mismo, nos levantamos como un motor recién calentado, con el marcador en cero, y con el tanque supuestamente lleno, creyendo que vamos a vivir ese día, a aprovecharlo, pero en realidad lo que vamos es a “consumirlo”. Y lo curioso de esto es que se nos vuelve una vida casi robótica, casi mecanizada, en una repetitiva secuencia de días donde no hay novedad ni variación de vivencias. Hasta que, por la intervención de Dios (aunque creamos que él no tiene nada que ver en nuestro cambio de planes) nos encontramos con un alto, un evento de pausa, o un punto de quiebre que nos obliga a “bajar la velocidad”. Generalmente son algún dolor, alguna enfermedad un distanciamiento o pérdida, que nos sacuden y nos recuerdan que no se trata solo de lo que hacemos, sino de lo que hacemos con y para las personas.

Para la mayoría, estos eventos nos permiten detectar lo que debe ser realmente valiosos para nosotros, nos abren los ojos y nos ponen el corazón en sintonía para darnos cuenta lo cerca que podemos estar de alguien que nos necesita y que necesitamos y no ponemos atención.

Entre todos esos están los amigos, los de siempre y los nuevos, los que dan mucho y los que dan poco, los que dejan huellas de vida por la gentil sinceridad y franqueza de sus palabras. Están el tipo “freno de auto”, los que en momentos de urgencia o peligro es que prueban que son buenos. También están los familiares, que se esfuerzan por mantener el amor en vigencia, amor que llega irremediablemente. El esposo, los hijos, los padres, y toda esa extensión de gente que pueden volverse nuestro azote o nuestro bálsamo más efectivo. Acortan distancias, llenan espacios y sanan heridas. Esa es la familia.

Y a propósito, mencionándolo de último, pero no que sea el último en importancia (en realidad es el primero), está el amor de Dios, del cual nos acordamos cuando ya hemos agotado todas las demás imperfectas y falibles opciones, cuando tenemos el agua o la soga al cuello y no hay salida. Deberíamos intentarlo como primera alternativa. No necesitaríamos las demás. En ocasiones, es la única ayuda, y cualquier otra, aunque no se le parezca, viene de Él. Su ayuda es inagotable e interminable. No depende del gobierno de turno ni de quien tenga las credenciales o a quien conozca. Él es suficiente.

Todos tenemos limitaciones, desventajas y privaciones en la vida y pareciera que estamos a merced de lo inesperado, con interrogaciones y puntos suspensivos.  Pero contamos con amigos, familia y sobre todo, contamos con Dios, que le dan valor y significado a nuestra existencia.

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Ana Elena Santanach

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