La vida importa

Por: Ana Elena Santanach

Hace mucho que recibí la claridad de una idea: Que me dieron la vida con un propósito, que me pusieron aquí por una razón y nací en cierto lugar, bajo ciertas circunstancias y con ciertos padres por algo y para algo. Que somos parte de un plan maestro ideado por una mente maestra y sin posibilidad de equivocarse. Dios nos dio la vida. A todos. Los pensamientos de Él se hicieron realidad en nosotros. Somos seres reales muy singulares. Y a pesar que todas las personas contenemos el mismo número de brazos, piernas, pulmones, ojos, un corazón, una nariz, un estómago, ciertos par de cromosomas para distinguir al hombre y otro par (diferente del hombre) para distinguir a la mujer, no fuimos hechos en serie, sino a mano. ¡Dios nos formó con sus manos!

Sé (conozco) que no fuimos un descuido en las fechas. No fuimos un error ni un acto fortuito de la naturaleza. Y mucho menos un accidente. Fuimos y somos parte de un plan. Una elección calculada, pensada y deseada por el Creador. Un acto de su gracia. Voluntaria y gustosamente nos “capturó” en el vientre de nuestra madre y haciéndonos justo como él quería, para sus propósitos. Así lo entendió Russell Kelfer en su hermoso poema “Eres quien eres por una razón”.

De esa manera también fuimos elegidos y se nos dieron nuestros talentos, nuestras fortalezas, nuestros dones. Aun así, nuestra vida no es perfecta. Tenemos debilidades, fallas, pecados y desafíos, y a través ellos, opciones. No fuimos programados. No fuimos armados como robots con tuercas, tornillos y remaches. No se nos incrustó un chip. Se nos dio un alma y un cerebro. Y podemos escoger ejercer el libre albedrío, elegir el bien o el mal. Nosotros decidimos. ¡Nuestras acciones son nuestras! Y el creador lo permite. Él no las realiza por nosotros. Si hago el mal me desligo, me desconecto de Él y de la vida actual y de la vida eterna. Y si escojo el bien, hacer su voluntad, entonces tengo una relación con Él, mucho más que la que tiene un escultor con su escultura, un pintor con su pintura o un compositor con su canción. Por todo ese inicio, desde el pensamiento de Dios, nuestra vida importa, y la de los demás.

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Ana Elena Santanach

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