La vida en una mochila

Por: Ana Elena Santanach

Creo que nacemos donde nos toca. Nacemos en ese lugar elegido para cumplir una misión particular. Nuestra misión. Y si nos gusta el lugar, mucho mejor. Me encanta y emociona el país donde he nacido. Me gusta todo de él. Es pequeño, pero es el mío. Es agradablemente habitable. Es como la familia. Y aunque el mundo es grande y hermoso y me reciba con los brazos abiertos, mi país es mi país. Ahí está mi vida. Está temporalmente mi identidad. Mi corazón. No quisiera tener que abandonarlo y despedirme de él aunque sea por algún tiempo.

Supongo que cuando se viaja se debe ir lo más liviano posible, pero eso solo cuando se viaja por placer, por vacaciones o por conocer o entretenerse. Pero cuando pienso en las personas y sus familias preparando su equipaje porque “tienen” que irse, también pienso en todas las cosas que quisieran llevarse en sus mochilas. Esto sí, esto no. Esto se queda de último a ver si cabe. Empieza la difícil selección entre lo que se deja y lo que se va con ellos. Y quizá surja la temerosa interrogante en sus ya confundidas mentes: “¿Cabrá todo en la mochila? Además de la ropa, de los artículos de higiene, de las medicinas (si es que se pudieron conseguir), de la escasa agua embotellada, de la foto de los abuelos, de los ajados documentos, ¿podremos llevarnos los exuberantes bosques y las imponentes montañas; los caudalosos y cristalinos ríos o las cálidas playas con sus aires de paraíso terrenal que abrazan el Caribe o el Pacífico? ¿Cómo empaquetar los plantíos de banano, las parcelas de café, el olor a tacos y quesadillas? ¿Quedará espacio para las joyas históricas y artísticas y los monumentos; para los pedazos de historia difícil de empatar; para los campos cultivados y la gente que se parte la espalda para trabajarlos por cuatro centavos (o pesos, o quetzales, ¿o bolívares)?”

“¿Cómo se apretuja en la mochila el sol de llano con sus tertulias de la tarde? ¿Cómo acomoda en un pequeño espacio de nueve kilos los suspiros y los sueños, las esperanzas y los planes para que cuando se crucen la frontera (o fronteras) permanezcan intactos y no se quiebren? ¿Acaso habrá espacio para llevarse el amor de los que se quedan, los que son sacrificio y resistencia, los que son identidad y son defensa? En resumidas ¿Cómo cabe todo el país, más que país, la nación entera, de la que nos vamos, pero la que no se va de nosotros? Esa nación que es patria que es arraigo y pertenencia. Que es hogar y es calor. Que es vivencia, valores y gente. No la de los tijeretazos y los fraudes, de la opresión y la escasez, si no la de la tolerancia y la libertad. La del respeto y la honestidad. La del futuro”.
Y al cerrar la mochila, tirar del zipper con mucha dificultad y acomodarlo en los hombros, pesan tanto que deciden mejor sacar todo, o casi todo, y mejor llevarlo apretado en el corazón. “Qué alegría para la nación cuyo Dios es el Señor, cuyo pueblo el eligió para sí” (Salmo 33:12 Biblia).

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Ana Elena Santanach es Conferencista
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