La familia: El jardín de la vida

Redacción: Ana Elena Santanach

Hay millones de casas que en la puerta o en la alfombra del umbral aparece la conocida frase “Hogar Dulce Hogar” la cual fue extraída de la canción compuesta en 1823 por John Howard Payne la cual se prohibió entre el Ejército de la Unión Americana debido a la deserción de un buen número de soldados impregnados por la melancolía y añoranzas de sus hogares.

Es muy cierto y comprobable que no hay nada más esencial ni básico para una existencia saludable que la familia, y deberá ser el lugar pacífico de refugio para reponernos de las tensiones de la vida diaria, y tanto los esposos, que son los padres y los hijos deberán sentirse protegidos y confiados allí.

La familia es extremadamente importante para el crecimiento y desarrollo del carácter de los niños y el medio para formarle el sentido de identidad y pertenencia. En el hogar recibirá la más grande y poderosa influencia la cual determinará qué clase de personas tendremos en la sociedad.

Cuando Dios por primera vez asentó el modelo para la vida familiar él les dio a Adán y Eva un lugar especial, un jardín que debía ser cultivado y cuidado.

En honor a la verdad tendríamos que aceptar que no todos se cumple a ese nivel ideal y que hay hogares donde se liberan verdaderas batallas entre los miembros de la familia; donde padres e hijos se enfrentan de igual a igual; donde esposos y esposas se deshonran; o donde cada uno vive en su propia “burbuja”. En otros casos extremos pero no menos frecuentes, el hogar puede ser el sitio más peligroso para estar, aparte de las peleas callejeras y las guerras, debido al alcoholismo, las drogas, las tensiones emocionales y económicas, y adolescentes y jóvenes mal orientados además de ancianos en notorio abandono.

Todo lo anterior nos conduce a algunas conclusiones: la familia saludable y completa no se forma automáticamente ni de la noche a la mañana. No solo requiere esfuerzo si no que lo exige. Demanda intensión y sacrificio. Lo cual implica invertir tiempo en cantidad y calidad, trabajo de instrucción conyugal y paternal, y sobre todo, deponer intereses y logros más personales por un bien colectivo mayor: el de construir una familia. Una buena familia. Y si es posible, la mejor familia.

Creo firmemente que Dios tiene la mejor idea para tan monumental empresa, tal como la describe el Salmo 127:1 “Si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los constructores”.  Estos constructores son las dos personas que inician la familia, el hombre y la mujer, que deben hacer ajustes en su personalidad única y sus diferencias individuales y esforzarse para crear un ambiente de armonía para sus hijos donde ser generoso, respetar, ayudar, comunicar y compartir con los demás es fundamental. También lo es la presencia física, mental y espiritual de las personas en el hogar con la intensión de transmitir valores y principios de vida.

Establecer el amor y la honra como las más altas posesiones en la familia evitará cuadros lamentables como el padre ausente, tanto física como emocionalmente; la madre estresada, exhausta y deprimida e hijos frustrados y desviados por las corrientes de rebeldía, inmoralidad y despropósito viviendo al día, sin sueños ni metas.

Si queremos tener una familia diferente, que disfrute la vida abundante que Dios promete y coseche sus mejores bendiciones, comencemos bien; y si no lo hemos hecho desde el principio, comencemos hoy. ¡Nunca es demasiado tarde para empezar a hacer lo debido!

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