Entre deseos y propósitos

Por: Susana M. de Vaamonde

El fin de un año y comienzo de otro son días propicios para ese ejercicio de establecer metas y propósitos, previa revisión de aquello que alcanzamos o no en el año que finaliza.

Hay una sensación de renovación y no sé si es el aire festivo propio de la época el que nos hace desbordarnos entre ideas nuevas, centelleantes y, por qué no, otras que quizás no lo son tanto. A ver, ¿Es posible que en ese bullicio de ideas nos estemos repitiendo? Pienso que si observamos bien, es posible descubrir ideas, metas o sueños que se repiten. Si esto es así es porque habiéndonos propuesto su logro, algo pasó a mitad del camino que nos hizo abandonarlas y conocer el motivo es vital.

Otra interrogante interesante es saber qué abandonamos realmente. ¿Sueños, metas, propósitos o deseos? Para encontrar una respuesta satisfactoria lo primero es tener claro en qué se diferencian cada uno de ellos. Pienso que rara vez se renuncia a los sueños. ¿El motivo? Los sueños nacen de nuestro ser profundo casi divino. Son aquello que anhelamos con vehemencia, al punto que podemos visualizarnos en medio de ese sueño hasta casi palparlo. Los sueños son claros porque vienen de nuestro ser interior producto de una conexión honesta con nosotros mismos. Por lo tanto, repito, rara vez se renuncia a los sueños, en todo caso, se posterga. Son casi un acto de fe porque creemos en ellos con gran convicción y porque son nuestros y de nadie más. Es posible que lo que nos hace postergarlos sea el camino, la estrategia que elegimos para su realización.

En este punto, las estrategias deben conectarse con esas metas pequeñas de corto plazo que debemos alcanzar para poder llegar con éxito al gran final. Y para llegar a lograrlas necesitamos una hoja de ruta para no perdernos en el camino. Una buena observación, algo de intuición y bastante sentido común los considero fundamentales para planificar tomando en cuenta nuestros recursos y la disponibilidad de ellos, así como las acciones a tomar teniendo en cuenta nuestras fortalezas, habilidades y factibilidad de hacer y lograr.

Otro factor que incide en el éxito es el deseo que imprimimos a nuestro sueño. Los deseos son el combustible que nos impulsa, son la energía que ponemos en cada acción, nacen de nuestro corazón y nuestra intuición y por lo tanto nos producen especial satisfacción, teniendo siempre en cuenta que han de trabajar a nuestro favor, porque un deseo impulsivo, instintivo y desmedido puede ser nuestra perdición.

En la consecución de los sueños interviene lo que conocemos como propósitos que vienen a ser la voluntad de hacer algo; son el cómo llevar al terreno de lo posible y factible aquello etéreo que vino de una idea nacida en nuestro interior. Es hacernos conscientes de nuestro sueño y, valga la redundancia, proponernos lograrlo. Se abre paso entonces la creatividad para diseñar y darle forma al cómo hacer para verlo materializado.

Redondeando las ideas, entre metas, propósitos y deseos, vemos que todos ellos son parte de un todo que se conjugan en una suerte de ritual que define lo que haremos al entrar en un nuevo ciclo. Sin olvidar que lo que los hace posibles son: su autenticidad que viene del diálogo interno necesario para reconocerlos. Su factibilidad que dispone las habilidades individuales y las hace trabajar a nuestro favor. Su sintonía con nuestro ser interior para darle congruencia y equilibrio a nuestro sueño con nuestras acciones. La buena disposición y voluntad que nos hacen asumir el gran desafío con alegría, confianza y fe en nuestras potencialidades para realizarlos.

Teniendo clara la diferencia entre ellos el nuevo año abre sus puertas a incontables oportunidades que hemos de aprovechar.

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