En las derrotas también hay victorias

Por: Ana Elena Santanach

Existe un sinnúmero de términos, palabras y expresiones que hemos oído en los últimos doce días, que definirían el encanto, la euforia y la presión de la contienda deportiva mundial que está aconteciendo. Y para mi sentir, hay dos de éstas palabras que sobresalen entre todas: perder y ganar, junto con sus respectivos sinónimos.

No podemos negar que la vida de todo ser humano es una constante lucha donde se presentan dos opciones: victorias y derrotas o triunfos fracasos. Igual, perder o ganar. Y tanto las ganancias como las pérdidas se pueden aprovechar de acuerdo como reaccionamos y qué hacemos con ellas. Decidimos triunfar mal o perder bien. Y si de victorias, triunfos y éxitos se tratara nada más, la mayoría sabemos cómo manejarlos: alegrarnos, festejar, brindar y sobre todo darlo a conocer: que todos sepan ¡Soy el ganador! ¡Soy el campeón! ¡Obtuve el Ascenso!

Pero en las derrotas, pérdidas o fracasos, ¿qué hacemos? Lamentarnos, llorar, culpar, “tirar la toalla”, “colgar los guantes”. Ni por un segundo pensaríamos siquiera que podemos beneficiarnos de ellos y sacarles partido. Triunfar en y con el fracaso. Ese fracaso puede ser el envoltorio de un propósito. De qué manera:

El fracaso es un evento temporal

Los fracasos son pausas. A veces no son más que tropezones o trampolines para enviarnos al siguiente nivel de esfuerzo. No salió a la primera, lo vuelvo a intentar de otra forma. Levantarnos y dar vuelta a la página. El plan B. Reanudar la lucha y reconstruir. Considerar que hay cosas que funcionan para nosotros y otras no. Hay personas con las que no “encajamos”, hay que quitarse de ahí. Hay negocios y tratos que no nos convenían, salir de inmediato. Mejor es perder algo ahora, que perderlo todo después.

El fracaso forma el carácter

Cierto que los fracasos nos producen “heridas de guerra” y “cicatrices en el corazón”, pero son la evidencia de la transformación interior genuina que nos acredita como personas más sensibles, pues nos enseña a considerar las necesidades y debilidades del prójimo; nos instruye en paciencia pues nos enseña a no tomar decisiones apresuradas ni alocadas. Las analizamos, las meditamos y hasta las consultamos primero. El fracaso nos grita: ¡No eres víctima eres luchador! Nunca dejo de animarme con las palabras de Isaías (Biblia): “Incluso los muchachos se fatigan, tropiezan y caen, pero aquellos que tienen su esperanza en Dios renuevan sus fuerzas…”.

El fracaso nos muestra quienes somos

También nos enseña de qué estamos hechos. Que nos equivocamos. El fracaso nos dice ¡bienvenido a ser un ser humano! Todos nos caemos. Cuántas veces lo hemos hecho: reprobamos una prueba, olvidamos una fecha importante, nos dimos un gusto en algo que estaba mal, le gritamos a nuestra madre (esa es fuerte); y nos damos cuenta que todo eso estuvo mal, pero no dejamos que esos fracasos nos agobien. Reconocer esas y otras debilidades es el gran aporte del fracaso a nuestra naturaleza caída. El Rey Salomón, el hombre más sabio que ha estado sobre la tierra nos enseña: “Siete veces cae el justo y siete veces logra levantarse”. Por lo tanto, no pensamos en nosotros mismo como un fracaso. No es nuestra identidad.

Aprender que hay una buena manera de fracasar es sacarle beneficios. El fracaso es solo un maestro para sensibilizarnos, construir carácter y ser humildes. Cierto no? En los fracasos también hay victorias.

________________

Ana Elena Santanch es conferencista.

Facebook. Ana Santanach

Compartir