El respeto: Un valor de oro puro

Sea que nos demos cuenta, o no, el trato que nos asignamos a nosotros mismos, a nuestras familias, a las demás personas y a Dios, determinan en gran medida el valor que les damos, y por lo tanto, cuanto los honramos. De eso se trata el respeto.

Entonces ¿qué es el respeto?: Es reconocer, valorar y apreciar tu persona, las otras personas y tu entorno, con tus palabras, tus acciones y tus modales, y aun cuando la forma de pensar de otro no sea igual a la nuestra, o aunque estén equivocados; es clave para sostener la ética y la moral en cada uno de los campos de nuestra vida, ya sea personal, laboral, emocional, familiar y espiritual.

Hablando desde la práctica bíblica observamos que el respeto se considera importante, siendo un mandato, como lo expresa Romanos 13:7: “Paguen a cada uno lo que le corresponde… al que respeto, respeto.”

El genuino respeto no se impone, no se obliga, ni es comprado, ni depende de nuestras emociones, ni se apoya en ellas. Antes bien, es una decisión que se toma cada día con todos con los que nos relacionamos.

Esto es particularmente cierto al respetar a los padres por su posición de autoridad insustituible, al respetar a los hijos expresándoles lo importantes que son y las capacidades que tienen, a los mayores y ancianos dentro y fuera de nuestras casas. Al asumir cada responsabilidad de los unos con los otros y en sus tareas se está comunicando respeto.

Otro aspecto del respeto es el que le brindamos a los desconocidos, por su investidura, como al policía, al servidor público, al agente de tránsito y al presidente de la nación. Otros por su dignidad como persona: al humilde como al engreído, al pobre como al rico, al intelectual, al ignorante, al profesional, al obrero. A todo el mundo.

El respeto genera paz y bienestar. Se ejerce en los saludos, en los actos de bondad y ayuda, en la obediencia a las leyes civiles y de la naturaleza.

Finalmente, es la poderosa herramienta de armonía entre las naciones, en sus tratos, negocios e intercambios, cuidando y honrando sus ciudadanos, bienes y fronteras. Eso nos garantiza la convivencia tan anhelada de un mundo en positivo.

Por: Ana Santanach

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