El privilegio de ser madre

Por: Ana Elena Santanach

No hay nada como el regalo de la maternidad. Pero pensar que hubiera tenido que llevar esa “empresa” sola me asusta. Reconozco que sin la maternidad no hubiera crecido como persona, como mujer ni como creyente en Dios. Las madres somos diferentes, y creo que no existe una típica personalidad de madre. Pero todas nos esforzamos, nos entregamos, nos preocupamos, nos mantenemos atentas y alertas por nuestros hijos. No nos acostamos hasta que todos estén seguros en casa. No nos llevamos el bocado a la boca hasta comprobar que todos tienen sus platos llenos. Salimos a comprar maquillaje y regresamos con balones, muñecas, medias y lazos. Leemos los cuentos antes de dormir y cepillamos dientes (toda una odisea). Cambiamos pañales, limpiamos. Preparamos docenas de sándwiches semanalmente. Viajamos con los niños frecuentemente al peluquero, al dentista, al médico, a la enfermería (por vacuna), a la oficina del director, o a la casa del vecino porque una pelota cambió de curso y se encontró con una ventana de cristal.

Muchas veces me preguntaba qué hice para merecer esta bendición de un hijo, o esta triple bendición (tengo tres). Y pensaba en todas aquellas que no han podido tener un bebé y escuchar ese primer llanto que declara la vida y la luz. Ese llanto que anuncia que terminó un viaje y comienza otro. Ese llanto causado por la alegría. Causado por un dolor con propósito: convertirme en madre.

Por años he acunado esta maravillosa responsabilidad con la firme decisión de no defraudar la confianza que Dios depositó en mi al entregarme su herencia: “Porque herencia de Dios son los hijos, y de gran valor el fruto de vientre” Salmo 127:3 (Biblia). Fallas, muchas. Desaciertos, también muchos. Miedo, constantemente. Pero un gran esposo y abnegado padre a puesto Dios en el hogar para bendecirme y a nuestros hijos y conferirle la luz de Su Palabra y Su Presencia. Hemos orado por ellos desde que estaban en el vientre: Dios mira a mi bebé. Que se forme sano y fuerte. Ayúdalo que sea puro, generoso y un digno hijo tuyo. Por favor, Dios, conserva a mi hijo sano. Ayúdame a criarlo bien. Haz que se convierta en un cristiano orgulloso de su fe. Me queda todavía seguir modelando su comportamiento espiritual, aunque ya sean adultos, y motivándolos a acudir a Dios, por su cuenta, voluntariamente. Esto es lo que toda madre anhela.

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Ana Elena Santanach

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