De buenas y malas palabras

De buenas palabras

Por: Verónika Zanoni

Sin importar quien las emite, las palabras en sí mismas tienen un peso específico en la comunicación. No solo transmiten información. Las palabras comunican esa parte intangible del proceso como lo es la intención y propósito con que se emiten.

De allí que podamos deducir, de un modo simple, que las palabras pueden dividirse en buenas y malas. Las personas se distinguen por su vocabulario y por la riqueza del mismo. Pero el verbo también resalta no sólo su educación, sino que dibuja rasgos de su personalidad y no siempre tiene que ver con la edad o condición social de quien habla.

Con frecuencia observamos que los más jóvenes emplean palabrotas o groserías; las usan con la intensión de ser populares, o de ofender como rasgo de rebeldía y transgresión, cualidad muy apreciada para ser admirados y aceptados dentro de su grupo etario.

El lenguaje sucio o soez a cualquier edad no solo destruye la lengua; más allá de esta observación hay un sutil aspecto que se refiere a que las malas palabras no se quedan solo en el campo de un coloquialismo vulgar. Hay que centrarse en el poder que tiene la palabra en sí misma. Al comunicarnos las emociones emergen y si estas son producto de situaciones poco afortunadas y mal manejadas, podemos haciendo uso incluso de un lenguaje “correcto” herir u ofender con elegancia. Se puede tener un lenguaje muy refinado y a la vez usar magistralmente ese recurso para la humillación, descrédito, agresión o vejación de otro ser humano.

De esta reflexión queremos brindar tres recomendaciones básicas:

  • Procurar un uso claro y apropiado de las palabras, que comuniquen de forma sencilla lo que queremos expresar.
  • Que su forma y fondo sean coherentes con la intención que son emitidas.
  • Evitar caer en el mal uso de la palabra ya que ésta puede generar efectos adversos a su propósito original.

La palabra es altamente poderosa, crea y también destruye. La palabra puede seducir o sacudir. Dejar una huella o una cicatriz. Puede ser altamente sanadora. Y si es el caso de no poder evitar el mal uso de ella, recordemos que un silencio oportuno puede resultar de oro para mantener la paz propia y de quien nos escuche.

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