Confesiones de una madre

Por: Ana Elena Santanach

Siempre he resaltado las maravillas del embarazo, del parto y de la maternidad. Y aunque hayan pasado veintitrés años desde que tuve mi tercer y último hijo todavía recalco el privilegio de ser madre. Siempre me alucinó esa sensación milagrosa que experimenté con cada hijo. Ese sentir de complicidad que fluyó entre nosotros desde el instante mismo que me enteraba que había una vida, un nuevo ser ocupando espacio en mi interior y que, en nueve meses, dolorosas e “interminables” contracciones uterinas provocarían que una criatura formada a la imagen de Dios trajera su brillo a este mundo.

Descubrí, sobre el camino, la inimaginable cantidad de alegría y placer que conllevaba criar tres hijos, pero también una inimaginable cantidad de trabajo y lágrimas. Y eran más las veces que no confiaba en mí para hacer ese trabajo que las veces que sí confiaba. Realmente lo que me permitió seguir cada día fue mi fe en Dios. Él estuvo presente en la concepción de cada niño, pero continuó involucrado íntimamente en sus vidas, con sus consejos establecidos en Su Palabra, hasta el día de hoy y sé que por la eternidad.

El mayor temor que tenía (es una de mis más serias confesiones) era el de convertirme en una madre destructiva. Tenía temor de ser una madre que considera normal y hasta celebre orgullosa que sus hijos, grandes y pequeños digan malas palabras o su hija de tres años baila sensualmente como la cantante o artista del momento (no es algo que yo le enseñaría); que arregla la cama, lava el plato y recoge el tiradero que dejó su hijo a su paso, sin responsabilizarlo; que no pone reglas ni horarios para salidas, paseos o fiestas; que considera que tomar alcohol es glamoroso y divertido y enseña a sus hijos desde pequeños para que aprendan a tomar “inteligentemente”; que no invierte en la formación espiritual y conocimiento de Dios de sus hijos. Hay madres que creen que cuando sean grandes decidirán bien. Para algunos será tarde. Con el primer biberón debe ir la primera lección acerca de Dios y de la fe y, con el alimento físico, el espiritual simultáneamente.

Otra confesión más: He cometido algunas de las fallas mencionadas y otras no mencionadas. No es fácil levantar hijos que se sientan satisfechos y “orgullosos” de ser hijos de Dios. Ha costado dejar esa marca. Llevarlos de la mano en todas sus etapas hasta alcanzar la dimensión emocional y espiritual adecuada. Enseñarles que el planeta no gira alrededor de ellos y que son únicos y especiales por sus actos de bondad, buenas acciones y por sus dones y talentos con los que pueden impactar el mundo y darle honra a Dios.

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Ana Elena Santanach

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