Año nuevo aprovechando para cambiar

Por: Ana Elena Santanach

¿Estás lista para año nuevo? – Claro que sí. Ya tengo el menú y las personas que lo prepararán. Tengo la orquesta y la música. El vestido, los zapatos y los accesorios. La maquillista y la que me peinará. Y, además, muy importante, confirmaron los invitados. Estoy más que lista-. ¿Y el cambio? – ¿Cuál cambio? Todo lo pagué con tarjetas- Típica conversación entre amigas en éstos días.

Se supone que, al finalizar un año, la mayoría de nosotros albergamos una gran inquietud en nuestro interior: que el nuevo año sea diferente. Sea mejor. Que el nuevo año no se parezca, en nada, al anterior. En otras palabras, deseamos cambios, y para ello debemos tener buenas ideas o un gran plan para lograrlo, y que genere los cambios que deseamos y que nos mantenga en el entusiasmo inicial.

Prepararse adecuadamente

Siempre se ha comparado el corazón del hombre con un terreno para sembrar. La semilla que pongas ahí germinará de acuerdo a como esté la tierra.  Así que hay que meter el arado hondo y remover las malezas, retirar la basura y arrancar las antiguas raicillas. Pareciera que no es posible, y cuando se trata de esa parte vital nuestra, decimos “Yo soy así y no creo que cambie”, o “Siempre he hecho las cosas de ésta manera”. Pero lo que debemos decirnos con fe es: “¡Se acabó el juego!¡Voy a cambiar! Porque la imposibilidad surge cuando no queremos cambiar. No será fácil, pero hay costumbres y conductas que hay que modificar, ya que restringen nuestra vida o produce tensión o sufrimiento. Y lo que deseamos es ser felices. Nos conviene asumir la actitud del Rey David que pedía asistencia a Dios para cambiar: “…crea en mí un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10)

Tomar conciencia de cambiar. Quitar lo viejo

Debemos encarar los efectos nocivos o consecuencias de ciertas conductas que debemos cambiar: llegar tarde al trabajo y el riesgo de ser despedido; descortesía en el negocio, provocando pérdida de clientes; desatención de la familia lo que crea distanciamiento y desamor; no cepillarse los dientes lo que puede producir caries; adquirir deudas sin presupuestar nos puede llevar a la quiebra. Si no tomamos conciencia, siempre justificaremos nuestras conductas y reacciones inapropiadas. ¿Cuáles? Irrespeto a los padres- Ah eso. Ellos ya se acostumbraron. Y, que me dices de herir los sentimientos de la esposa/o- Quien la manda a ser tan sensible. Y golpear fuertemente a los niños- Son muy escandalosos. Otra muy frecuente: apoderarse de los fondos de los ciudadanos- Todo el mundo lo hace. ¡Necesitamos cambiar!

Los cambios son para mejorar. Poner lo nuevo

Aunque son un reto, los cambios bien dirigidos nos mejoran y por lo tanto mejoran a los que nos rodean. Desde hacer ejercicios, mejorar la comunicación y eliminar algunas tarjetas de crédito, hasta ordenar la casa, pagar las deudas pequeñas y preparar la comida (no más fast food), todos serán cambios altamente beneficiosos. Enfocarse en esos beneficios aumentará la posibilidad de lograrlos. Por ejemplo, este año inscribirse en un curso para esposos o uno para padres debe dar tranquilidad por el paso de responsabilidad dado. O apartar tiempo diario para orar y pensar con frecuencia en el día crea una expectativa nueva, la emoción de hablar con Dios. No conozco a nadie que me diga que el orar lo empeoró. Además, no consideres ningún logro como muy chico ¡Cada paso que demos en la dirección correcta para cambiar será monumental! Todos lo notarán.

Tener aliados en el proceso de cambiar

Todos necesitamos ayuda en casi todo. Los demás también ven lo que podemos llegar a ser cuando cambiamos, y anhelan ese cambio (o ya no nos soportarán más si no cambiamos). Compartir con alguien, un amigo, el cónyuge, o un consejero, nuestro deseo y necesitad de cambiar es de gran apoyo. Pedirles que se sientan en libertad y autoridad de monitorear los cambios. Recuerda que los cambios son progresivos, poco a poco. Toman tiempo.  A veces se ajusta a la “regla” dos pasos hacia adelante, uno para atrás. Dejar de remar en una dirección y luego comenzar a hacerlo en la otra parece detenernos, más no es así. Y alguien nos debe ayudar a no desenfocarnos. Pero tenemos otro aliado, el mejor aliado, el que nos animó al cambio cuando dijo “…Transfórmense en la renovación de su entendimiento de las cosas, para que conozcan lo bueno y agradable de Dios” (Romanos12:2). En efecto, nuestro socio en ésta aventura de cambiar es Dios, quien nos ayudará con nuevos patrones en nuestro pensamiento, que no fallarán. Si nos levanta vivos cada mañana es la innegable señal que Él no ha renunciado a nosotros para el cambio, por qué lo haríamos nosotros.

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Ana Elena Santanach es conferencista.

Facebook. Ana Santanach

E-mail: santanach188@hotmail.com

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