Agradecidos y felices

Por: Ana Elena Santanach

¿Por qué continuar con el tema de la gratitud? Porque a medida que nos acercamos a las fiestas de fin de año deberíamos reflexionar sobre nuestras vidas, nuestras familias y nuestra sociedad y cómo se manejan en ésta temporada. Limitémoslo a nuestra familia. Y si somos observadores, captaremos que nuestros hijos automáticamente se enfocan con demanda desmedida en lo que deben recibir, merecido o no, en estos días. Y la mayoría de los padres cedemos a esas exigencias en vez de aprovechar la oportunidad perfecta, al menos en esta ocasión, para cultivar en ellos algo que debe inculcarse todo el año: ser agradecidos.

El agradecimiento es el fundamento de un hogar que se construye con respeto. Practicarlo y practicarlo hasta que se vuelva natural en ellos. ¿Por dónde y cómo se comienza?:

-Instruirlos en qué consiste verdaderamente el concepto del agradecimiento. Explicarles que agradecer es apreciar, valorar, reconocer. Res más que una manera de mostrarse educado. Es poner a otros en lugares de honra. Honramos cuando agradecemos.

-Con actos cotidianos de agradecimiento. Enseñémosle que empiecen sus mañanas con una expresión de “gracias Dios”. Agradecer a diario los estimula a estar alegres. Dar gracias por el desayuno o cualquier comida. Si reciben ropa nueva o un regalo. Agradecer a la señora de la limpieza que le acomoda sus recámaras todos los días. Al chófer del colegial. Por las cosas grandes y pequeñas del día.

-Con el ejemplo nuestro. Los padres agradecidos crían hijos agradecidos. Es la mejor manera de enseñar. Que nuestros hijos nos oigan agradecimiento entre nosotros como esposos, aunque sea por cosas que consideramos una obligación: traer el salario a casa cada quincena; reparar la gotera, lavar el auto. Verbalizarlo, si es posible, con tonos de admiración.

-Enseñarles a dar. Cuando la gratitud pasa de expresiones verbales a actos de entrega produce aún mayor satisfacción. Lavar los platos, preparar los emparedados, barrer los pisos. Regalar la ropa que no les queda y que está en buen estado. O hacer feliz a un niño donándole la bicicleta que ya no usa.

Animemos a nuestros hijos e hijas, a ser receptores agradecidos así los sacaremos de su mundo egoísta y podrán abrir los ojos a las bendiciones que Dios ha derramado en sus vidas.

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Ana Elena Santanach

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